Mistaken identity

La nueva regla de la FIFA que invirtió el sentido de una tarjeta sacada por el árbitro al mediocampista argentino Leandro Paredes y mandó por simulación y doble amarilla al vestuario al suizo Emboló
Opinión13/07/2026RedacciónRedacción

(Imagen de Spanish wikipedians, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons)

Por Javier Tolcachier

El equipo que representa a Argentina en la presente Copa Mundial de Fútbol se apresta a  jugar un partido contra el combinado que lo hace vistiendo la casaca de Inglaterra.

En otras épocas, la gran mayoría de la afición futbolera mundial hubiera sido contundente en sus preferencias. Sobre todo los pueblos del Sur hubieran cinchado – es decir, alentado con fuerza, colectivamente – para que el cuadro inglés sucumbiera al rioplatense.

La historia de varios siglos lo consideraría una muy insuficiente, mínima, pero simbólicamente justa compensación por tantas vejaciones sufridas a manos de imperios que se enriquecieron durante siglos a costa de los demás pueblos del mundo. Incluso en tiempos más recientes, la Corona y sus primeros ministros han permanecido invariablemente del lado de su vástago imperialista, manteniendo una alianza supremacista y resistiendo cualquier intento de nivelación equitativa en las relaciones internacionales.

Pese a la decadencia de su imperio, la City de Londres – no la ciudad sino su distrito financiero – continúa siendo uno de los centros de especulación más influyentes a nivel internacional, hoy acaso solo superada en volumen de transacciones por la Bolsa neoyorquina y la de Taiwán. Por tanto, cómplice imprescindible del capitalismo usurero que devora los sueños y la existencia de millones de personas.

A pesar de todo eso, muchos hinchas de otros lugares sienten hoy una fuerte ambigüedad frente al seleccionado argentino y no están seguros de ansiar su victoria, aunque si prefieran presenciar una derrota de los ingleses.

La causa quizás no esté en los acontecimientos observados en los últimos encuentros – el gol anulado a Egipto o la “mistaken identity” (error de identidad), la nueva regla de la FIFA que invirtió el sentido de una tarjeta sacada por el árbitro al mediocampista argentino Leandro Paredes y mandó por simulación y doble amarilla al vestuario al suizo Emboló, dejando a su escuadra en inferioridad numérica.

Ni siquiera la eliminación de sus propios equipos hubiera tenido fuerza suficiente para torcer el espíritu anticolonialista y volverlo en contra de sus paisanos del Cono Sur.

Desde una mirada más general, podría decirse que posiblemente haya cierto revanchismo contra el aire de “especialismo” que se les atribuye y a juzgar por ciertos modales fanfarrones, se autoadjudican los argentinos – y muy en especial los habitantes de su capital, los “porteños”-.

Especialismo que posiblemente deviene de su intento de asemejarse a lo «europeo» y lo blanco, aunque hoy Europa sea mucho más multicultural que lo que muchos imaginan. Tampoco ayuda el hecho de tener hoy como presidente a una suerte de vicecónsul afiliado a los Estados Unidos de América en sus intentos de colonización continental. Un personaje que cumple la función de lo que a partir del colonialismo inglés se conoció como “cipayo”, con referencia a los nativos reclutados para servir al imperio. En una curiosa voltereta cultural, se intenta conectar así este excepcionalismo versión “sudaca” con el supremacismo inserto en el deleznable “destino manifiesto” de aquellos que se pretenden como preferidos de un lejano dios.

Pero para que estos aspirantes a distinguidos meritócratas no se sientan tan cómodos con la camiseta de ser «diferentes» del resto, es preciso subrayar que el eurocentrismo aspiracional de cierta cultura elitista argentina, en general próxima al poder económico, no es ni fue propiedad exclusiva de estas tierras. El racismo y la autonegación continúan lamentablemente vivas en toda Latinoamérica. Y es sabido que mal de muchos es consuelo de tontos.

El problema de la identidad

Los tiempos que corren, y cada vez más velozmente, hacen retemblar toda la estructura sicosocial. Las antiguas categorías van cayendo una a una y, con ello, los valores que conforman la argamasa social. Muchos lamentan la pérdida de ese paisaje, aun cuando les haya resultado objetivamente desfavorable en términos vitales. La nostalgia empaña el sentir, sobre todo, en regiones tan afectas al tango, pero también en todas las demás.

Entonces subsisten ciertos símbolos que generan la ficción de permanecer incólumes y dar cobijo a una identidad evanescente. Uno de los principales signos identitarios es hoy el “país”, sus colores, himnos y banderas, cubriendo casi todo el campo de juego y posiblemente el alma antes de cada partido. Emblemas que en otros tiempos significaron avance hacia objetivos comunes superando situaciones de fragmentación feudal o tribalismos heredados.

En la actualidad, el fervor de los cánticos, la géstica de llevarse la mano al corazón de los jugadores y la euforia que sienten los pueblos al conquistar un triunfo, son algunas muestras de un afán y una necesidad identitaria indiscutible. Identidad que en la vida cotidiana, luego del efímero pero sentido hermanamiento que un gol produce, posiblemente desaparezca dando paso a la soledad, la falta de empatía o incluso la crueldad en la relación con los semejantes.

Ojalá se pudiera conservar el recuerdo vivo de aquellos momentos de comunión y promoverlos como estilo de vida. Y ojalá esa sensación de hermandad pudiera generarse con toda la humanidad, más allá de la identificación con estandartes que dividen. Entonces la humanidad habrá avanzado un escalón, el de sentirse humano con y para los demás.

Incluso podremos ir más allá, comprendiendo que humanizarnos no solo significa la posibilidad de conectar con otros y modificar la violencia prevalente en el entorno social, sino que nos abre la puerta a la elección y la libertad por sobre los condicionamientos y determinismos. Una puerta de permanente transformación que nos invita a ir más allá de cualquier identificación.

De no atravesar con alegría y decisión dicha puerta, de quedar atrapados en creencias de piedra forjadas en tiempos pasados, quedaremos expuestos a que el juego vaya en dirección inversa a nuestro propósito por “identidad errónea”.

Javier Tolcachier
Javier Tolcachier es un investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas, organismo del Movimiento Humanista. Correo electrónico: [email protected] Twitter: @jtolcachier

Artículo tomado de Pressenza

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