Maradona, Messi y la necesidad del juego

Notas al margen de una polémica en el bar
Opinión10/07/2026RedacciónRedacción

messi

I. El Doctor Jekyll en botines

Maradona pudo meter la mano en un Mundial y mirar a la cámara con la cara del que no fue. También encarnó lo peor que puede dar un hombre cuando el ídolo se convierte en impunidad. Esa dualidad no es una contradicción: es la figura misma del Doctor Jekyll y el señor Hyde —el mejor y el peor tipo del mundo, habitando el mismo cuerpo y, muchas veces, el mismo partido.

No es casual que Stevenson —opiómano él mismo, noctámbulo y enfermo— concibiera esa alegoría desde adentro. La dualidad no se escribe desde la comodidad del moralista: se vive, se sufre, se padece. Maradona era, en ese sentido, una novela gótica vestida con la camiseta número diez.

¿Lo compró la mafia italiana? ¿Y a Messi lo compró la mafia yanqui? Quizás. El juego —el verdadero juego, no el del campo— tiene sus propias reglas, y la geopolítica es uno de sus tableros más cruentos.

II. Rollerball, o la distopía que ya llegó

En 1975, Norman Jewison dirigió Rollerball, con James Caan en el papel de un gladiador del futuro. La película anticipó algo que hoy parece menos ficción que crónica: un mundo donde las corporaciones multinacionales han reemplazado a los Estados, controlan la información y administran la violencia como espectáculo masivo.

Todo eso antes de las redes sociales. Hoy el estadio es global, la pantalla es el coliseo y el algoritmo decide quién baja el pulgar.

III. La suspensión del principio de realidad

¿Cómo se disfruta algo así sin volverse cínico o sin desmoronarse? Anulando, por un momento, el principio de realidad.

Es lo que ocurre en el teatro. Sabés que el tipo en el escenario no es Hamlet: hace de Hamlet. Y aun así te conmueve, te aterra, te hace pensar en tu propio padre muerto. Si no aceptás ese pacto —ese acuerdo tácito de "juguemos a que..."—, no podés entrar. Te quedás en la puerta, con tu racionalidad intacta y tu experiencia empobrecida.

Freud llamó a eso el principio de realidad: la función psíquica que nos permite tolerar la frustración, adaptarnos al entorno. Suspenderlo no es una patología; a veces es la única forma de sobrevivir a lo real.

Thomas Carlyle, en otro registro, habla de la Selbsttödtung —la aniquilación del yo— y toma el teatro como ejemplo: el público acepta una identidad prestada, otra personalidad, otro tiempo. No porque sea idiota, sino porque esa suspensión temporal es parte de lo que nos hace humanos. El mensaje llega más hondo que cualquier argumento racional.

IV. Panem et circenses, o carne y fútbol

Los pueblos necesitan ese descanso. No como alienación pasiva —aunque también puede serlo—, sino como válvula de escape de una olla a presión. La metáfora es física antes que política: la tensión acumulada busca salida, y si no la encuentra en el estadio, la encontrará en otro lado.

Los griegos lo sabían mejor que nadie. Inventaron el teatro y los Juegos Olímpicos casi al mismo tiempo, y no fue casualidad: ambos son formas de jugar a la guerra sin que nadie muera —o casi. La catarsis que describió Aristóteles no es un adorno estético: es una función social. El estadio, el anfiteatro, la pantalla: todos cumplen el mismo oficio.

V. El gol, el robo y la simulación

Sobre aquel gol: creo, sinceramente, que no fue trampa en el sentido estricto. La falta existió y la reglamentación actual del fútbol así lo contemplaría. Nos robaron muchísimas veces a nosotros también, y eso no lo digo para empatar moralmente: lo digo para contextualizar.

Y de todos modos: ¿pelearse por una simulación tiene sentido? Si aceptamos el pacto del juego —ese "jugamos a que" colectivo—, entonces el resultado es parte de la ficción que acordamos compartir. Indignarse por ella es un poco como salir furioso del teatro porque Lear perdió el reino.

La polémica en el bar tiene su gracia, claro. Tiene calor y tiene vida. Pero algunos de sus elementos más interesantes no van a aparecer entre gritos y vasos vacíos: están en Stevenson, en Freud, en Carlyle, en los griegos. En la estructura de lo que somos cuando necesitamos dejar de ser, por un rato, lo que somos.

 

— Guri's Dixit

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