

Por Hugo Ghiara
A veces el fútbol me recuerda por qué, pese a todo, seguimos cayendo en su hechizo. Ayer, viendo a Argentina remontar a Egipto en un partido que parecía sentenciado, sentí esa mezcla de incredulidad y vértigo que solo aparece cuando un equipo decide rebelarse contra la lógica. Perdían por dos goles, estaban desordenados, nerviosos, casi resignados. Y, de pronto, en menos de 15 minutos, antes de que el árbitro mirara el reloj por última vez, hicieron lo que parecía imposible: una remontada épica, de esas que se quedan grabadas en la memoria colectiva.


Lo que más me impactó no fue solo el fútbol, sino el empuje emocional del equipo argentino. Había algo visceral en su reacción, una especie de orgullo herido que se transformó en energía pura. Cada pase, cada presión, cada carrera parecía impulsada por una fuerza que no se entrena: la convicción de que todavía quedaba vida. Y cuando un equipo cree, contagia. La hinchada lo entendió al instante.

Porque si hay algo que distingue a la hinchada argentina, es esa capacidad de sostener incluso cuando todo parece perdido. No es solo ruido: es una identidad. Ayer, cuando el marcador era un golpe en la cara, ellos seguían cantando como si el partido recién empezara. Y cuando llegó el primer gol de la remontada, el estadio —y medio planeta— vibró como si se hubiera abierto una grieta en la realidad.

En medio de ese torbellino apareció él: Lionel Messi. A veces olvidamos que es humano. Que falla penaltis, que erra pases, que se equivoca como cualquiera. Pero también es cierto que, cuando el partido se vuelve una montaña imposible, Messi es quien marca el camino. No siempre con goles —aunque ahora mismo es el máximo goleador del Mundial—, sino con esa serenidad que transmite cuando todo alrededor parece temblar. Ayer volvió a demostrar que el liderazgo no es gritar, sino sostener. Que incluso cuando falla, su presencia ordena, inspira, empuja.

Mientras veía el partido, pensé en el poder del Mundial. No solo en los países que participan, sino en los que lo observan desde lejos. Es un fenómeno que atraviesa fronteras, ideologías, crisis. Los medios de comunicación lo amplifican hasta convertirlo en un acontecimiento global que llega a cada rincón del planeta. Millones de personas, conectadas por una pelota que rueda en un estadio que quizá nunca visitarán. Es fascinante y, al mismo tiempo, inquietante.
Porque detrás de esa magia hay un capitalismo desorbitado que se alimenta del fervor popular. Jugadores convertidos en marcas, sueldos que desafían cualquier lógica social, fichajes que parecen transacciones bursátiles. Cada Mundial es también un mercado: se compran y venden ilusiones, camisetas, derechos televisivos, futuros futbolísticos. Y mientras todo eso ocurre, mientras el planeta mira hacia un balón, otros problemas —Urgentes y Graves— quedan fuera de foco.
A veces siento que el fútbol funciona como una gran cortina emocional. Nos distrae, nos calma, nos enciende, nos une y nos separa. Y aunque sé que no es culpable de los males del mundo, sí es parte de un sistema que los oculta, los aplaza, los maquilla.
Pero luego llega un partido como el de ayer. Una remontada imposible. Un Messi humano y gigante a la vez. Una hinchada que canta aunque duela. Y me descubro, otra vez, atrapado por esa fuerza inexplicable que tiene el fútbol para tocar algo en la conciencia colectiva.
Quizá por eso seguimos mirando. Porque, en medio de un mundo que arde, todavía necesitamos historias que nos recuerden que lo improbable también sucede y que de igual manera que la película "El día de la revelación" algo extraordinario golpea en la conciencia de toda la humanidad y el mundo que conocemos cambia en un instante.



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