
Todo empieza con una elección
Redacción


Nueva York -
Estamos viviendo una revolución tecnológica extraordinaria.


La inteligencia artificial promete transformar la medicina, la educación, la comunicación, la ciencia y casi todos los aspectos de la existencia humana. Estamos desarrollando sistemas cada vez más sofisticados para abordar problemas que las generaciones anteriores apenas podían imaginar resolver.
Sin embargo, es posible que a este proceso extraordinario le falte algo fundamental.
Estamos invirtiendo enormes recursos en el desarrollo de tecnologías para resolver nuestros problemas, mientras prestamos mucha menos atención a las contradicciones humanas que contribuyeron a crear muchos de esos problemas en primer lugar.
Desarrollamos armas cada vez más sofisticadas en nombre de la seguridad, y al mismo tiempo dedicamos mucho menos esfuerzo a superar los conflictos y los miedos que nos hacen sentir inseguros. Creamos tecnologías de comunicación extraordinarias, capaces de conectar a personas de todo el planeta, pero a menudo carecemos de la paciencia y la voluntad necesarias para comprendernos genuinamente unos a otros.
Desarrollamos sistemas capaces de procesar cantidades de información sin precedentes, mientras seguimos enfrentándonos a las mismas preguntas fundamentales que han acompañado a la humanidad durante miles de años: ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? ¿Cómo distinguimos entre ambos? ¿Y por qué a veces elegimos a sabiendas acciones que contradicen nuestras aspiraciones más profundas?
No son meras cuestiones filosóficas. Afectan al rumbo que damos a nuestras vidas, al significado de nuestras acciones y al tipo de mundo que estamos creando juntos.
La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero por sí sola no puede resolver las contradicciones dentro de la conciencia humana.
Nos hemos vuelto extraordinariamente capaces de transformar el mundo exterior, pero hemos dedicado mucha menos atención a desarrollar nuestra capacidad para transformarnos a nosotros mismos.Quizá nuestro mayor reto no sea simplemente volvernos más inteligentes o tecnológicamente sofisticados, sino desarrollar la conciencia necesaria para elegir el Bien frente al Mal.
Porque detrás de cada invento, cada institución y cada avance tecnológico hay decisiones humanas.
Y cada decisión contribuye, de alguna manera, al mundo que estamos creando.
La misma inteligencia, dos caminos opuestos
Los seres humanos somos capaces de llevar a cabo las acciones más profundas y significativas. Podemos salvar vidas, desarrollar medicamentos, alargar la esperanza de vida, crear arte, superar el sufrimiento y forjar relaciones que dan sentido a nuestra existencia.
Sin embargo, también podemos utilizar nuestra inteligencia para provocar una destrucción inimaginable.
El mismo conocimiento científico que nos ayuda a comprender la estructura de la materia puede contribuir al desarrollo de armas nucleares. La misma capacidad tecnológica que nos permite comunicarnos entre continentes puede utilizarse para organizar la violencia y la guerra.
La diferencia no radica necesariamente en la inteligencia en sí misma, sino en la dirección que decidimos darle.
El Bien y el Mal no son simplemente conceptos filosóficos abstractos. Se convierten en realidades a través de las acciones humanas y de las decisiones que las preceden.
Una persona puede poseer un conocimiento extraordinario y, aun así, tomar decisiones destructivas. Otra puede disponer de recursos limitados y, sin embargo, llevar a cabo acciones que mejoren profundamente la vida de los demás.
Esta distinción plantea una cuestión importante sobre cómo preparamos a las generaciones futuras. A menudo preguntamos a los niños qué quieren ser de mayores. ¿Médico? ¿Ingeniero? ¿Emprendedor?
Pero se trata de profesiones y posibilidades. Describen lo que alguien podría hacer sin decirnos necesariamente nada sobre el significado de sus acciones.
Quizá la pregunta más fundamental que deberíamos plantearnos es: «¿En qué tipo de ser humano quieres convertirte y qué quieres que tus acciones aporten al mundo?».
Esta pregunta nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida. La estamos respondiendo cada día a través de nuestras decisiones.
Elegir la vida
Google adoptó en su día el famoso lema «No hacer daño».
Se trataba de una declaración notable para una empresa tecnológica, que sugería que el desarrollo tecnológico debía guiarse por un principio ético y no únicamente por el éxito comercial.
Con el paso del tiempo, la frase fue perdiendo protagonismo en el código de conducta corporativo de Google, al tiempo que la empresa se veía envuelta en debates sobre las aplicaciones militares de sus tecnologías.
La cuestión no es si una empresa puede proclamar un principio ético, sino si ese principio sigue guiando sus decisiones cuando entran en juego los intereses comerciales, la competencia y las presiones políticas.
Una expresión mucho más antigua de este desafío ético aparece en la Biblia hebrea. En Deuteronomio 30:19, Moisés presenta la elección entre la vida y la muerte, la bendición y la maldición, e insta a los israelitas: «Por tanto, elige la vida».
Qué declaración tan extraordinaria.
No se limita a decirnos que la vida es valiosa. Nos plantea una elección, reconociendo que los seres humanos pueden tomar diferentes caminos y exigiéndonos que elijamos conscientemente aquel que afirme la vida.
Miles de años después, nos enfrentamos a la misma pregunta, aunque las consecuencias de nuestras elecciones se han vuelto mucho más trascendentales. Disponemos de tecnologías capaces de prolongar la vida humana y de tecnologías capaces de destruir a la humanidad. La pregunta esencial sigue siendo la misma: ¿qué elegimos?
Una educación que nos enseña cómo, pero no siempre por qué
Nuestros sistemas educativos han logrado cosas excepcionales. Las matemáticas, la ciencia, la medicina, la ingeniería y otras muchas disciplinas han transformado la existencia humana. Pero, ¿cuál es el propósito del conocimiento?
Enseñamos a los jóvenes a calcular, analizar, competir, producir y triunfar. Sin embargo, las preguntas sobre el significado y las consecuencias de sus acciones suelen quedar en un segundo plano.
El desarrollo de las armas nucleares ilustra esta contradicción con especial claridad.
Se han dedicado enormes recursos de inteligencia científica, financieros y de mano de obra a producir armas cuyo uso podría destruir ciudades enteras y amenazar el futuro de la humanidad.
Muchas de las personas implicadas son conscientes de su potencial destructivo. Algunas consideran que su trabajo es necesario para la disuasión y la seguridad; otras lo rechazan por considerarlo incompatible con la protección de la vida humana.
El conocimiento técnico por sí solo no puede resolver estas cuestiones.
Por lo tanto, la educación debe ir más allá de la mera transmisión de información y el desarrollo de competencias profesionales. También debe ayudar a las personas a examinar sus intenciones, comprender las consecuencias de sus acciones y desarrollar su capacidad de juicio ético.
Antes de preguntarnos qué somos capaces de hacer, debemos aprender a preguntarnos qué merece la pena hacer.
Esto cobra especial importancia a medida que la inteligencia artificial amplía las posibilidades a nuestro alcance.
La IA podría acelerar los descubrimientos científicos, mejorar los diagnósticos médicos, ampliar el acceso a la educación y ayudar a abordar los retos medioambientales. También podría facilitar la vigilancia, la manipulación, la guerra autónoma y sistemas militares cada vez más destructivos.
Sus aplicaciones pueden servir tanto al Bien como al Mal, a veces simultáneamente.
Pero el problema fundamental no comenzó con la inteligencia artificial. Ya existía mucho antes de las computadoras, la industrialización y la ciencia moderna.
Detener por completo la IA no resolvería las contradicciones humanas que determinan su desarrollo. Esto tampoco significa que las aplicaciones peligrosas deban quedar sin restricciones.
El reto más profundo consiste en comprender por qué seguimos desarrollando tecnologías que pueden amenazar la misma existencia que afirmamos valorar.
La inteligencia artificial está planteando a la humanidad una pregunta ancestral a una escala sin precedentes. ¿Qué elegimos crear y qué tipo de futuro estamos eligiendo a través de nuestras creaciones?
Las decisiones que dan forma a nuestras sociedades
Estas mismas cuestiones van más allá de la tecnología y abarcan las formas en que organizamos nuestras sociedades.
Nuestras instituciones, economías, gobiernos y sistemas de comunicación son, en última instancia, expresiones de decisiones humanas acumuladas. Lo que hemos decidido sobre educación, salud pública, seguridad, vida económica y resolución de conflictos refleja nuestras prioridades respecto a lo que valoramos y el tipo de sociedad que queremos crear.
Estas decisiones no las toman únicamente los líderes políticos. Las instituciones, las comunidades y las personas participan en la configuración del rumbo de la sociedad a través de las decisiones que toman y las acciones que respaldan.
Los medios de comunicación y las redes sociales forman parte de este proceso. Influyen en lo que vemos, en lo que debatimos, en lo que tememos y en lo que imaginamos que es posible. Pueden amplificar el odio, la humillación y la división, pero también pueden dar visibilidad a actos de solidaridad, valentía, reconciliación y transformación humana que, de otro modo, podrían pasar desapercibidos.
En este sentido, la información que producimos, distribuimos y consumimos —así como las instituciones y las relaciones que construimos— contribuyen a dar forma a nuestro futuro colectivo.
Sin embargo, ya sea que tomemos decisiones como individuos, instituciones o sociedades, acabamos enfrentándonos a la misma dificultad: saber qué es lo bueno no significa necesariamente que lo vayamos a elegir.
Aprender a elegir el bien
¿Cómo sé si algo es Bueno o Malo? ¿Qué hay en mi interior que me permite reconocer la diferencia?
Podemos recurrir a las tradiciones religiosas, los sistemas filosóficos, el conocimiento científico, las convenciones sociales y los principios jurídicos. Todos ellos pueden contribuir a nuestra comprensión, pero ninguno puede sustituir por completo la responsabilidad personal de examinar nuestras propias acciones: sus consecuencias para los demás, pero también lo que provocan en nuestro interior.
Una acción puede ser legal sin ser justa, rentable sin ser beneficiosa, o socialmente aceptada aunque provoque sufrimiento. Algo puede parecer racional dentro de un sistema concreto, aunque contradiga nuestras aspiraciones más profundas como seres humanos. Y también podemos aprender a reconocer lo que las diferentes acciones producen en nuestro interior: si nos hacen sentir más coherentes y conectados con los demás, o divididos, contradictorios y cada vez más distantes de la persona que aspiramos ser.
Aquí es donde la conciencia se vuelve esencial. La conciencia nos permite reconocer las contradicciones, tener en cuenta la experiencia de los demás, examinar las consecuencias de lo que hacemos y darnos cuenta de lo que nuestras acciones producen en nuestro interior.
Al mismo tiempo, la conciencia requiere humildad. Nuestros juicios pueden ser erróneos, por lo que necesitamos diálogo, experiencia, conocimiento y la disposición a reconsiderar nuestras suposiciones. Con el tiempo, podemos aprender a reconocer una dirección en nuestras acciones: si aumentan la contradicción y el sufrimiento en nosotros mismos y en los demás, o si crean mayor unidad, libertad y posibilidades.
Pero reconocer una dirección no significa que vayamos a seguirla. Podemos comprender que una acción es perjudicial y, aun así, elegirla por miedo, presión, costumbre o interés personal. El reto, pues, no consiste solo en reconocer lo que es Bueno, sino en desarrollar nuestra capacidad para actuar de acuerdo con lo que reconocemos.
Este reto adquiere un nuevo significado a medida que se amplían nuestras capacidades tecnológicas. Somos cada vez más capaces de hacer cosas que las generaciones anteriores apenas podían imaginar, sin que por ello se desarrolle necesariamente al mismo ritmo nuestra capacidad para elegir conscientemente lo que debemos hacer. Hemos aprendido a resolver problemas cada vez más complejos, pero ¿hemos aprendido a tomar decisiones cada vez más conscientes?
La dirección de la historia de la humanidad
La historia de la humanidad refleja las mismas contradicciones con las que nos encontramos en nuestras vidas individuales. Hemos creado posibilidades extraordinarias para la vida, al tiempo que hemos desarrollado medios de destrucción cada vez más poderosos. Hemos ampliado los derechos humanos, desarrollado la medicina, aumentado la esperanza de vida y creado nuevas posibilidades de comunicación y cooperación, mientras seguimos sufriendo la guerra, la explotación, la violencia y el sufrimiento.
Sin embargo, la historia también nos recuerda que las condiciones que heredamos no son necesariamente permanentes. Prácticas e instituciones que antes se consideraban inevitables han sido cuestionadas y transformadas. Han surgido nuevas posibilidades porque hubo personas fueron capaces de imaginar algo diferente y de actuar para crearlo.
Esto no significa que la historia avance inevitablemente hacia el Bien. No hay garantía alguna de que siga esa dirección. La dirección depende, al menos en parte, de las decisiones que tomen los seres humanos.
Quizá, entonces, una medida del desarrollo humano no sea simplemente nuestra creciente capacidad para transformar el mundo que nos rodea, sino el desarrollo de nuestra capacidad para elegir conscientemente la dirección de esa transformación.
El ser humano en el que elegimos convertirnos
A menudo imaginamos que el futuro vendrá determinado por los gobiernos, las empresas, las instituciones financieras, las fuerzas militares o unas tecnologías cada vez más poderosas. Sin duda, estas fuerzas dan forma a nuestras vidas, pero su dirección es también el resultado de las decisiones humanas.
La inteligencia artificial puede llegar a ser extraordinariamente capaz, pero su desarrollo y uso siguen siendo cuestiones de responsabilidad humana. La humanidad ha dedicado siglos a desarrollar su capacidad para transformar el mundo exterior. Quizá nuestro mayor reto ahora sea desarrollar nuestra capacidad para transformarnos a nosotros mismos: tomar distancia de las circunstancias inmediatas, reconocer las contradicciones, reconectarnos con nuestras aspiraciones más profundas y elegir conscientemente un camino.
Esta capacidad pertenece a todo ser humano. La lucha entre lo que llamamos el Bien y el Mal tiene lugar no solo en las instituciones, los conflictos o las tecnologías, sino en las decisiones que tomamos en nuestra vida cotidiana.
Quizás la decisión más importante sea la que Moisés planteó a la humanidad hace miles de años: Elige la vida. No simplemente como una creencia o una aspiración, sino como una dirección expresada a través de nuestras acciones. Nuestra capacidad para tomar esa decisión es algo que podemos cultivar y profundizar a lo largo de nuestras vidas.
Quizá el significado más profundo de este proceso se exprese en estas palabras de Silo:
«A través de la bondad, la eliminación de las contradicciones internas, los actos conscientes y una sincera necesidad de evolución, el ser humano da a luz al espíritu». (El Mensaje de Silo, Apéndice, 2002).
Quizá nuestra mayor creación no sea la tecnología que desarrollamos, sino el ser humano en el que nos convertimos a través de nuestras decisiones.
Traducido por David Meléndez Tormen con ayuda de DeepL


















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