Opinión

Urda, donde la fragilidad de la vida nos devuelve a lo esencial

La tragedia de Urda nos recuerda la fragilidad de la vida y nos devuelve a lo esencial, invitándonos a reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia y nuestra responsabilidad hacia los demás.

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Por Martica Lozano Rivas.

Hay acontecimientos que irrumpen en nuestra vida cotidiana y nos obligan a detenernos, a salir de ese funcionamiento mecánico en el que tantas veces permanecemos instalados, creyendo que todo continuará mañana como lo hemos dejado hoy. La tragedia ferroviaria de Urda me ha llevado nuevamente a esa reflexión. Pienso en las personas que iniciaron su viaje con la naturalidad de cualquier otro día, en las conversaciones que quedaron interrumpidas, en los encuentros que no llegaron a producirse y en tantas familias cuyas vidas han cambiado en apenas unos instantes. Detrás de cada noticia, de cada imagen y de cada cifra hay un ser humano, una historia irrepetible y todo un mundo de afectos, proyectos e intenciones que merece ser reconocido.

Mientras intento comprender lo ocurrido, observo cómo aparece en mí una sensación de fragilidad que queda cubierta por las ocupaciones y preocupaciones de la vida diaria. Vivimos proyectándonos hacia el futuro, organizando lo que vendrá, dando por supuesto que disponemos de tiempo y olvidando que nuestra existencia está atravesada por una profunda impermanencia. Y comprendo que no es la conciencia de nuestra finitud lo que necesariamente nos produce sufrimiento sino, en buena medida, esa ilusión de permanencia a la que nos aferramos y que la realidad, en ocasiones, deshace de manera brutal.

Lo ocurrido me lleva también a reflexionar sobre la contradicción que existe entre nuestro enorme desarrollo tecnológico y el desarrollo humano que todavía tenemos pendiente. Hemos conseguido acortar distancias, alcanzar velocidades extraordinarias y construir sistemas cada vez más complejos, pero todo ese progreso pierde su sentido cuando olvidamos que su finalidad debería ser mejorar y proteger la vida de las personas. Colocar al ser humano como valor central no puede quedarse en una formulación que repetimos. Humanizar significa transformar las condiciones que generan sufrimiento cuando está en nuestras manos hacerlo.

Junto al dolor y la conmoción, también aparecen registros que me reconcilian con lo mejor del ser humano. Pienso en quienes acudieron a ayudar, en los profesionales que trabajaron sin descanso, en las personas que ofrecieron lo que tenían y en tantos gestos de solidaridad que surgen espontáneamente cuando alguien necesita ayuda. Y ahí reconozco algo que considero profundamente significativo: cuando el sufrimiento del otro deja de resultarnos ajeno, se produce una apertura que nos saca de nuestro pequeño mundo de preocupaciones personales y nos conecta con una dimensión más amplia de nuestra existencia. En esos momentos desaparecen muchas de las diferencias que habitualmente nos separan y queda algo mucho más esencial, el reconocimiento del otro como un ser humano al que siento próximo, aunque nunca lo haya conocido.

También me lleva a revisar qué significa realmente superar el sufrimiento. Comprendo que no consiste en negar el dolor, en buscar explicaciones que tranquilicen nuestra conciencia ni en pretender que quienes han perdido a sus seres queridos encuentren inmediatamente un sentido a lo sucedido. Hay situaciones ante las que las palabras resultan insuficientes y cualquier intento de consuelo puede quedarse pequeño. Acompañar, entonces, adquiere otro significado. Es estar presente sin invadir, escuchar sin pretender resolver, respetar el dolor ajeno y ofrecer una ayuda que no necesite reconocimiento. Y siento que ahí también se expresa una forma profunda de coherencia entre lo que pienso, lo que siento y lo que hago.

Inevitablemente, una tragedia de estas dimensiones me lleva a reflexionar sobre la muerte y sobre el sentido de nuestra existencia. Desde hace tiempo voy comprendiendo que no puedo reducir la vida humana únicamente a su dimensión física, aunque tampoco pretendo convertir mis propias búsquedas en certezas para los demás. En el siloismo encuentro una invitación a investigar la trascendencia, a profundizar en nuestra interioridad y a descubrir si existe en nosotros algo capaz de superar los límites de lo cotidiano y lo mecánico. Esta posibilidad no elimina el dolor que produce una partida ni disminuye el valor de una vida interrumpida. Al contrario, me impulsa a reconocer con mayor profundidad la importancia de cada existencia y la responsabilidad que tenemos hacia quienes todavía compartimos este tiempo y este espacio.

Y recuerdo una frase de la Guía del Camino Interno*: «Rechaza el sobresalto y el descorazonamiento». Y comprendo que rechazar el descorazonamiento significa no permitir que el dolor me arrastre hacia la desesperanza, la impotencia o la indiferencia. Significa reconocer lo que siento sin quedar atrapada en ello y buscar una dirección que me permita transformar esa conmoción en una acción válida. Porque una cosa es experimentar tristeza ante una tragedia y otra muy distinta es dejar que esa tristeza cierre mi corazón y debilite mi capacidad de dar una respuesta humana.

No son únicamente los grandes acontecimientos los que nos ponen frente al sentido de la vida. También lo hacen nuestras pequeñas acciones cotidianas, la manera en que tratamos a quienes tenemos cerca, los afectos que expresamos o que dejamos pendientes, las reconciliaciones que aplazamos y tantas oportunidades de ayudar que pasan inadvertidas mientras permanecemos ocupados en asuntos que, vistos desde una perspectiva más amplia, pierden buena parte de su importancia. Quizá tomar conciencia de nuestra fragilidad no deba llevarnos a vivir con miedo sino a vivir con mayor atención, con menos posesión y con una disposición más abierta hacia los demás.

Me preocupa también la rapidez con la que nuestra sociedad pasa de una tragedia a otra. Durante unos días las imágenes ocupan todos los informativos, las cifras se actualizan, se multiplican las declaraciones y compartimos una conmoción colectiva que parece detenerlo todo. Después, poco a poco, la actualidad continúa su marcha y el dolor permanece fundamentalmente en quienes han sufrido la pérdida. Y comprendo que la solidaridad verdadera no puede limitarse a la emoción de un momento. Necesita continuidad, memoria y compromiso. Necesita que no olvidemos a las víctimas cuando dejen de ser noticia y que la búsqueda de respuestas no quede enterrada bajo el paso del tiempo.

Lo sucedido en Urda me recuerda, una vez más, que el ser humano puede responder a una misma situación desde direcciones muy diferentes. Podemos alimentar el miedo, la rabia y la búsqueda precipitada de culpables, o podemos orientar nuestra energía hacia la verdad, la justicia, el acompañamiento y la prevención de nuevos sufrimientos. No se trata de renunciar a la indignación ante aquello que pudiera haberse evitado sino de impedir que esa indignación se convierta en violencia o resentimiento. La noviolencia, tal como voy comprendiéndola, exige una actitud activa y comprometida con la transformación de las condiciones que atentan contra la vida.

Hoy siento una profunda cercanía con todas las personas afectadas por esta tragedia, aunque no conozca sus nombres ni sus historias. Y ese registro me permite comprender algo que trasciende mis circunstancias personales: el sufrimiento humano no tiene fronteras cuando verdaderamente somos capaces de reconocerlo. No necesito haber compartido la vida de alguien para sentir su ausencia, ni haber vivido su dolor para intentar aliviarlo. Basta con que por un instante desaparezca esa distancia que tantas veces construimos entre nosotros y los demás.

No podemos cambiar lo sucedido ni devolver a sus familias a quienes han partido pero sí podemos decidir qué hacemos con la conmoción que esta tragedia ha despertado en nosotros. Podemos dejar que se diluya con el paso de los días o permitir que nos transforme, aunque sea un poco, en nuestra manera de mirar, de sentir y de actuar.

Y al final me queda un registro de tristeza, de cercanía y, al mismo tiempo, de una profunda necesidad de afirmación de la vida. Porque comprendo que humanizar la Tierra no es una tarea que deba realizarse en un futuro lejano, cuando las circunstancias sean más favorables sino una dirección que comienza aquí, en este mismo mundo atravesado por el dolor, las contradicciones y también por innumerables gestos de bondad.

Que lo ocurrido en Urda no quede reducido a una fecha, a unas cifras o a un recuerdo doloroso. Que nos ayude a despertar de nuestra indiferencia, a reconocer el valor irreemplazable de cada ser humano y a comprender que el sentido de nuestra existencia también se construye en aquello que hacemos por los demás. Porque, mientras la muerte nos enfrenta al límite de nuestra condición, el amor y las acciones que realizamos a favor de la vida nos abren a una dimensión que no termina en nosotros mismos.

*El Mensaje de Silo. La mirada interna. Cap. XIV

Nota tomada de Pressenza

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