Opinión

Mi patria es la humanidad más allá de colores e ideologías

La autora aboga por una sociedad justa y digna, más allá de colores e ideologías, defendiendo la sanidad, educación y vivienda para todos.

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No sé cómo será el mundo que viene, pero quiero hablar de todos sus colores: rojo, blanco, amarillo, negro y más allá. La telaraña de las etiquetas parece cernirse sobre nosotros cuando expresamos nuestro acuerdo o nuestro desacuerdo. Sin embargo, hay cuestiones en las que no debería haber colores ni diferencias ideológicas.

Quiero sanidad pública, educación, derecho a una vivienda digna, reconocido en nuestra Constitución. Cuestiones que deberían constituir una base irrenunciable para cualquier sociedad. También quiero una sociedad justa, donde el trabajo sea un don, como manifestaba el doctor y poeta Miguel Oscar Menassa.

Jean-Paul Sartre hablaba de la necesidad de volver la mirada hacia nosotros mismos, para descubrir qué hay en nuestro interior y afrontar el espectáculo inesperado que observamos: el striptease de nuestro humanismo, desnudo y nada hermoso. En el prólogo de Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon, anunciaba también la irrupción histórica de los pueblos oprimidos, cuya emancipación obligaría a transformar la historia universal.

Facundo Cabral, en una de sus canciones, reivindicaba la libertad frente a la esclavitud. Hay cantautores cuya obra ha sido una forma de protesta, contando historias y poniendo palabras a la crítica social.

Estamos ante un capitalismo salvaje si no hay una lucha necesaria por nuestros derechos como seres humanos y por una vida digna. No permitamos que la búsqueda exclusiva del beneficio económico se imponga sobre otros valores: la explotación laboral, los salarios insuficientes, la precariedad, el abuso, la concentración excesiva de la riqueza en pocas manos, la destrucción medioambiental para reducir costes, la privatización de beneficios y la socialización de pérdidas, la falta de regulación o el incumplimiento de las normas.

La riqueza debe ser fruto del trabajo, del conocimiento, de la inversión, del esfuerzo colectivo y de unas condiciones sociales que hacen posible la producción. Quien trabaja debe tener derecho a vivir dignamente. Y quien emprende, invierte o arriesga debe hacerlo dentro de un marco de derechos y responsabilidades.

No quiero que se confunda justicia social con empobrecimiento, ni libertad económica con impunidad.

También he leído El capital, de Karl Marx. Y me horrorizaron las condiciones descritas en sus páginas: las jornadas interminables, el trabajo infantil, las minas, las fábricas, la degradación física, psíquica y educativa, y la explotación de quienes apenas tenían otra cosa que su fuerza de trabajo, sin apenas derechos.

Aquellas condiciones no eran una abstracción ideológica. Eran vidas humanas.

Marx intentó explicar cómo se produce la riqueza y cómo se distribuye, poniendo el foco en las relaciones de clase y en la apropiación de la plusvalía generada por el trabajo. Se puede discrepar de sus soluciones políticas y económicas, pero no deberíamos olvidar la realidad histórica que motivó buena parte de su crítica.

Sarah Bernhardt, en su libro Mi doble vida. Memorias, relata una visita a una acería poco antes de la Primera Guerra Mundial. Allí conoció a un multimillonario que, según le explicó su acompañante, estaba desesperado porque había dejado de ganar una enorme cantidad de dinero.

La razón era estremecedora: aquel empresario esperaba enriquecerse con una posible guerra entre Francia y Alemania, vendiendo cañones. Según el relato de Bernhardt, había intensificado la producción, sobornado a personas influyentes y comprado periódicos en ambos países para alimentar las tensiones entre sus pueblos. Finalmente, sus expectativas no se cumplieron y el multimillonario consideraba que había perdido una fortuna.

Bernhardt termina expresando su desprecio hacia aquel hombre y deseando verlo ahogado por sus millones, puesto que el remordimiento parecía serle desconocido.

Las guerras pueden convertirse en un negocio, en una forma de enriquecimiento para unos pocos y de perversión para la humanidad. Mientras unos obtienen beneficios, otros pierden sus vidas, sus familias y sus hogares.

La paz, el diálogo y la negociación deben ser siempre la mejor vía para solucionar los conflictos.

La división entre izquierda y derecha tiene un origen histórico concreto. Se remonta a la Revolución francesa de 1789, cuando, durante los debates de la Asamblea Nacional, los diputados comenzaron a ocupar posiciones diferentes en función de sus posturas ante el poder del monarca y las transformaciones políticas.

A la derecha se situaban quienes defendían la monarquía y el mantenimiento del orden tradicional; a la izquierda, quienes propugnaban limitar el poder real y transformar las estructuras políticas y sociales.

Aquella disposición física terminó convirtiéndose en una de las grandes metáforas de la política moderna.

Con el paso del tiempo, la izquierda se ha identificado principalmente con la búsqueda de una mayor igualdad social, la redistribución de la riqueza, la ampliación de derechos y una intervención más activa del Estado. La derecha, por su parte, ha defendido tradicionalmente la propiedad privada, la continuidad de determinadas instituciones, el orden social y una mayor confianza en los mecanismos del mercado.

Se acercan las elecciones en España y tendremos que ejercer nuestro derecho al voto. No caigamos en idealizaciones ni en adhesiones incondicionales. No existe un proyecto perfecto, pero sí podemos buscar aquel que más se aproxime a una línea de pensamiento y a unas propuestas que planteen una vida más digna para la gran mayoría.

Nuestra elección puede estar sobredeterminada por el masoquismo, que también puede constituir una forma de goce, o por mecanismos de identificación. Los oprimidos pueden identificarse con la clase que los explota, sentirse afectivamente ligados a ella y llegar a verla como un ideal. Estas identificaciones pueden contribuir a mantener determinadas relaciones de poder, incluso cuando existe una hostilidad manifiesta hacia quienes las sostienen.

Me da rabia que nos utilicen para llenarnos de odio. Yo también soy extranjera. No quiero que mi identidad dependa de una frontera, de una bandera o de una ideología.

Mi patria es la humanidad.

Laura López
Psicóloga - Psicoanalista

www.lauralopezgarcia.com

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