
El extraño caso del tren
Hugo Rodríguez


Es el atardecer y me encuentro en una sastrería de otra época. El ambiente es cálido; algunas personas, en silencio o con voz muy baja, preguntan y escuchan. La luz del lugar me hace recordar las imágenes de películas de un mundo tranquilo, sin tecnologías presentes y con largos silencios.
Las vidrieras del local son amplias y, extrañamente, muestran la dimensión de la calle, su alameda y el horizonte de la ciudad. No sé qué hago ahí, pero me siento bien, curioso por vivir una experiencia de un mundo que ya se fue; sin embargo, este es mi presente.


La noche comienza a cerrarse cuando una mujer, que se encuentra cerca del escaparate, señala al cielo y dice: «Ya está, ya han llegado, ahora todo nuestro mundo va a cambiar». Me acerco al escaparate igual que otras personas. Veo en el horizonte de la ciudad luces fulgurantes y fuertes que recuerdan a las auroras boreales, pero de tonos azulados. Siento una extraña sensación en mi estómago y observo cómo las luces, al acercarse a nosotros, se parecen a pétalos de flores azules que iluminan las calles como nuevas farolas flotantes. Siento mareo y caigo.
Abro los ojos y me encuentro en un tren. No sé cómo llegué allí. El tren, antiguo pero lujoso, está organizado en pequeñas cabinas donde estamos cuatro pasajeros. Veo mi rostro y mis manos: ahora soy joven, aunque conservo la experiencia de mis años vividos. Frente a mí, un viejo amigo de juventud, Bustamante, cuenta anécdotas de nuestra vida compartida. A su lado, una mujer de edad indefinida y con cara de buena persona —aunque claramente no es de por aquí— escucha atenta. Giro la cabeza y a mi lado veo a un hombre mayor que nosotros, curtido por una vida dura, tal como lo muestran los surcos de su cara y la dureza de sus gestos. En esta extraña situación, suena una bocina que indica la llegada a una estación. Aunque el tren parece salido de los años cuarenta del siglo pasado, es totalmente silencioso, como uno eléctrico actual.
Volvemos a estar en marcha. Nos cruzamos palabras, pero ninguno podemos definir la situación que estamos viviendo; somos unos pasajeros en un viaje con un destino incierto.
Comienzan a llamarnos al vagón que está al frente, uno a uno por altavoz. Mi amigo Bustamante regresa de su entrevista y le pregunto: «¿De qué va esto? ¿Qué te han dicho?». Él encoge los hombros como diciendo: «Así son las cosas ahora, es el destino que nos ha tocado, qué le vamos a hacer...». Sé que somos jóvenes, pero también sé que en nuestro interior hay otra vida, una vida completa que no se corresponde con esta escena. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Será este el viaje final de nuestra vida o es parte de ella en este alucinatorio momento de descontrol y falta de referencias claras? Sé que es real, que está pasando. Aunque lo que me embarcó en el tren quizás fue un desmayo en la sastrería, siento claramente el aire de mi respiración, olores parecidos a los de un hospital y el suave movimiento de nuestra marcha.
Se acerca a mí un señor con traje gris y me invita a que lo siga al vagón siguiente. Vamos avanzando y lo sigo; quizás ahora sepa dónde estamos y qué hacemos en este viaje. Se cierra la puerta tras de nosotros y al frente hay un mostrador. Detrás de él, una señorita con bata blanca me pregunta mi nombre, se da la vuelta y rebusca en un fichero. Todo es manual, no hay ordenadores; no es mi época y la conducta de estas personas es rancia. Ahora me mira fijamente y me dice: «Su destino se está decidiendo, vamos a estudiar su caso y sus capacidades. La colmena debe funcionar bien». Me da un temblor por la espalda y comprendo que todo está fuera de control.
La mujer trata de ser amable y apunta detalles de mi persona en la ficha. El hombre de traje gris gira sobre sí mismo y, con un certificado en la mano, me dice: «Veo que usted ha estudiado en un buen colegio superior y que sus notas son excelentes. Va a poder aportar mucho a la causa». Compruebo que el certificado efectivamente es el mío y que refleja mi educación secundaria.
En ese momento, la mujer de la bata vuelve hacia mí con un vaso de agua en la mano y me dice: «Tome esta pastilla, le ayudará...». Veo en su mano una extraña pastilla triangular, del color azulado de las calles y con un aplique metálico en el centro. Cojo la pastilla. Simulo que me la pongo en la boca con una mano, mientras que con la otra la meto en el bolsillo. Me la tomo ante sus ojos y con eso se desentiende de mí. El hombre del traje gris me indica: «Debe volver a su vagón y buscar en sus cosas su documentación. Vuelva aquí con ella, lo esperamos. Vaya».
Vuelvo donde mis compañeros. Quiero compartir con ellos lo que pasó; sin embargo, me resulta muy difícil comunicarme. El extraño me mira con cara de sospecha. En sus ojos advierto una violencia que me estremece; sin embargo, trato de hablar con él y suavizar las cosas. Comprendo que ve en mí a un enemigo por lo que está pasando. Trato de calmarlo: pongo la mano sobre su hombro y lo tranquilizo. Sigo siendo yo, no he perdido el control. Su mirada cambia y sé que me entiende... Mi antiguo amigo está quieto, como dormido; una mueca de felicidad se dibuja en su rostro y la mujer a su lado gime, temiendo lo peor.
Me desentiendo de la escena porque debo encontrar mis documentos y volver al vagón de enfrente. Me acerco al lugar de los equipajes y no sé qué busco. Advierto una cartera que reconozco como mía, la abro y veo un viejo carné. Lo cojo y se deshace en mis manos. Me altero al comprender que tendré que desaparecer u obedecer la lógica de esta extraña situación, así que me siento donde los equipajes. Me relajo y me encuentro a mí mismo... No me han doblegado, no me controlan, no me asustan. Sé que nada malo pasará si las personas nos organizamos. Ya repuesto y con nuevas fuerzas, vuelvo para compartir una propuesta con mi compañero de viaje.
Hugo Rodríguez Ghiara







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