
Málaga, una ciudad conquistada por el béisbol que aún no se ha dado cuenta
Carlos Linero


Mientras Europa exporta fútbol a Estados Unidos —donde los grandes estadios se adaptan para convertir cada acontecimiento deportivo en una oportunidad de negocio, turismo y proyección internacional— Málaga parece seguir mirando en una sola dirección.
Se multiplican los campos de fútbol, se proyecta la nueva Rosaleda y se debate la construcción de nuevas instalaciones para otras disciplinas, pero continúa sin existir un campo de béisbol reglamentario y adecuadamente equipado para los varios equipos que practican este deporte en la provincia.
La paradoja resulta evidente: Estados Unidos, cuna del béisbol, abre sus grandes recintos al fútbol europeo; Europa exporta su deporte más popular al mercado norteamericano y adapta sus terrenos de juego para acoger nuevos espectáculos. ¿Por qué Málaga no puede hacer algo parecido con el béisbol que ya tiene en sus barrios, en sus clubes y en sus comunidades migrantes?
Porque aquí el béisbol no está esperando a ser inventado. Ya existe. Ha llegado con los venezolanos, cubanos, dominicanos, nicaragüenses, colombianos y otros ciudadanos latinoamericanos que cada domingo se reúnen para competir, reencontrarse con sus raíces y construir comunidad. Lo que falta es que las instituciones comprendan que detrás de cada bate, cada guante y cada carrera hay una oportunidad deportiva, social, cultural y económica.


Como fotógrafo y periodista que cubre deportes minoritarios, me gustaría poder disfrutar algún día en esta ciudad milenaria de partidos de pretemporada de equipos de las Grandes Ligas. No es una fantasía imposible. Málaga tiene clima, conexiones internacionales, capacidad hotelera, atractivo turístico y una comunidad aficionada que ya conoce el deporte. Lo que no tiene es la infraestructura necesaria ni una voluntad política clara para convertir esa posibilidad en un proyecto.

La provincia cuenta con clubes, federación y actividad reconocida. La Real Federación Española de Béisbol y Sófbol incluye entre sus entidades a clubes malagueños, como Cerveceros de Málaga Softball Club y Bravos de Málaga Softball y Baseball, junto a otras entidades andaluzas. La relación oficial de la RFEBS puede consultarse aquí. También existe un inventario de campos de béisbol y sófbol que identifica instalaciones en Málaga y en la Universidad de Málaga, aunque la existencia formal de un campo no garantiza que reúna las condiciones que necesitan los clubes para competir con seguridad y dignidad. El listado de campos está disponible aquí.
No se pide un estadio de lujo
La reivindicación no consiste en reclamar una instalación faraónica ni en desplazar a otros deportes. Se pide un campo funcional: terreno nivelado, medidas reglamentarias, vallas protectoras, dugouts, baños, vestuarios, agua potable, sombra, iluminación suficiente, zona segura para el público y un mantenimiento estable.
No parece razonable que jugadores y aficionados tengan que acudir a un terreno sin un hilo de agua potable, sin un lugar donde proteger sus pertenencias del sol y sin las condiciones higiénicas básicas. Tampoco que sean ellos quienes inviertan tiempo, dinero y esfuerzo en acondicionar un espacio municipal abandonado para poder seguir practicando el deporte que aman.
Málaga no necesita descubrir el béisbol cuando llegue otra emergencia humanitaria y los medios de comunicación vuelvan a buscar a las comunidades migrantes. Los jugadores están aquí cada domingo. Entrenan, compiten, organizan torneos, cuidan el terreno y reciben a quienes se acercan con una generosidad que muchas veces supera la atención que reciben de las administraciones.
Una oportunidad que ya está en marcha
Benamejí demuestra que un municipio pequeño puede convertir el béisbol en una seña de identidad y en un motor de actividad. Marbella y San Pedro de Alcántara llevan años de ventaja; Almería, Sevilla, Utrera y Granada han consolidado también espacios y proyectos vinculados a este deporte. En Torremolinos comienza a despegar un nuevo club, ampliando un radio de expansión que podría beneficiar a toda la Costa del Sol.
La cuestión no es competir entre municipios, sino crear una red. Un campo reglamentario en Málaga permitiría organizar ligas, torneos escolares, campeonatos autonómicos, actividades de integración, encuentros internacionales y concentraciones de clubes. También ofrecería a niños y jóvenes una alternativa deportiva en una ciudad que, con demasiada frecuencia, parece considerar que todo el futuro pasa por el fútbol.
El béisbol puede enseñar estrategia, disciplina, compañerismo, coordinación y respeto. Puede reunir a personas de orígenes distintos alrededor de unas reglas comunes. Y puede demostrar que la integración no siempre se decreta desde un despacho: a veces comienza en un campo de tierra, con un bate, un guante y dos equipos dispuestos a competir limpiamente.
Por eso la pregunta debe dirigirse a quienes toman decisiones: ahora que se habla de la nueva Rosaleda, de nuevos campos de fútbol y de otras grandes infraestructuras deportivas, ¿cuándo tendrá Málaga un campo de béisbol digno para todos sus clubes?
Cada domingo se disputan en Málaga batallas deportivas que terminan en abrazos, risas, comida compartida y la planificación de nuevos torneos. En un mundo marcado por las guerras y la violencia, estos jugadores ofrecen una lección sencilla: se puede competir con intensidad y terminar el partido estrechándose la mano.
Málaga ya ha sido conquistada por el béisbol. Solo falta que la ciudad, sus dirigentes y sus presupuestos se den cuenta.
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