

Por Patrocinio Navarro Valero
Venimos asistiendo durante muchos años a un movimiento migratorio del sur hacia el norte en cada país y en cada continente, y a la vez de los continentes del sur hacia los del norte. Conocemos sus causas: el hambre, la guerra, el deseo de trabajar para poder vivir y la persecución política. Y ocurre que el Norte colonizador, explotador de recursos naurales y humanos, causante principal o instigador de las guerras del Sur, de sus políticas internas y de sus represiones policiales, acumula una gran deuda con Sur Global.


Norte y Sur geográficos se han convertido en un norte y sur social, donde la despensa siempre está en el norte y la mesa vacía siempre en el sur, en cualquier sur de cualquier parte, incluso en el sur de cada ciudad. Norte y sur, son más que puntos cardinales como ha dicho alguien recientemente: son puntos sociales.
El cambio climático, con sus consecuencias en la escasez de lluvias, el crecimiento de los desiertos, la deforestación salvaje, el aumento del control sobre los recursos de la Tierra por parte de minorías encumbradas, la crisis económica inducida por el neoliberalismo y sus guerras, han venido a expulsar de sus hogares a cientos de miles de personas, que buscan pan y seguridad en cualquier norte social que pueda acogerles.
Como la situación descrita es lo suficientemente grave a nivel mundial, todos los que pueden emigrar de los infiernos de la pobreza a los supuestos paraísos de la abundancia, lo intentan; y las corrientes migratorias son como ríos que no cesan de nacer y correr por diferentes cauces pero todos hacia un país que les libere de la muerte cierta a cambio de jugarse la vida en el intento, como tantos hacen. Jugarse la vida para salir de la pobreza o escapar de una muerte cierta para elegir la opción de una muerte probable nos da idea del drama de sus vidas y nos acerca a conocer lo que significa la pobreza absoluta, el hambre, la desesperanza y la persecución para un ser humano que sabe bien el camino a las despensas del norte social del que se siente injustamente excluido.
La presión migratoria sobre los países ricos a causa del continuo empobrecimiento de los países ya pobres se acentúa por días y trae a los países de destino diferentes demandas: trabajo, vivienda, sanidad, educación. ¿A quién no le parece lo justo para cualquier ser humano? Sin embargo, eso que es tan elemental como propio de una civilización, no es fácil. Los Gobiernos, formados por gentes sin conciencia ni principio moral alguno, se niegan a abrirles las fronteras a los más pobres. Pero no solo ellos: Además existe el rechazo racista y xenófobo de muchos habitantes de los “nortes” a los que se pretende acceder. Tampoco ayudan mucho los factores culturales. Los principios religiosos y los modos de vida relacionados con esos principios dificultan extraordinariamente la integración social real una vez franqueada la puerta de entrada. Eso hace muy difícil una verdadera relación de los inmigrantes con muchos de los ciudadanos de los países de acogida. De hecho, por ese motivo se forman “bolsas” de inmigrantes aislados socialmente del resto – incluidos otros grupos migrantes de diferente origen - cuando consiguen asentarse en un lugar. Se convive mayormente en paralelo, sin apenas más intersecciones que las obligadas por las instituciones oficiales y las obligaciones laborales.
Aunque el comportamiento de los migrantes suele ser ejemplar, no impide que alguna vez uno de ellos- siempre varón, por cierto- cometa un delito, que los medios de comunicación difunden y comentan profusamente, amedrentan a las poblaciones receptoras y contribuyen a crear tendencias xenófobas, un clima opuesto a los inmigrantes, asociados ahora con delincuencia. Este hecho se exagera con éxito por los grupos de la extrema derecha para captar el voto del miedo entre la población de los países de acogida. Y aunque es parcialmente cierto este dato,” inmigrante”, para muchos, es sinónimo de sospechoso.
Entonces la inmigración crea un doble conflicto: a los gobiernos, que no saben qué hacer con tanta mano de obra , porque el trabajo escasea cada vez más por culpa de SU crisis, y a las gentes, que no saben de quién deben fiarse, y que olvidan en muchos casos algo fundamental: que la delincuencia ya existía antes de la llegada de la inmigración masiva, y que migrante no tiene nada que ver con delincuente, porque lo que tiene que ver con delinquir es quererlo hacer o no, sea uno de donde sea, porque la realidad es que el auge del fenómeno delictivo es alarmante a nivel mundial en la misma medida que aumentan las desigualdades sociales, la falta de solidaridad real, y otras manifestaciones del desamor universal de los hombres y de la falta de principios éticos. Y en la misma proporción aumenta el control policial y el terrorismo de Estado genocida que los EEUU, su aliado Netanyahu y sus " amas de llave" practican a diario contra poblaciones que huyen de sus países en cuanto pueden. ¿Tienen motivos para ser bien recibidos allá donde vayan?
Cuando observamos el trato infame a los jóvenes subsaharianos que intentan pasar a España por Ceuta o Melilla, a los que se recibe con vallas de cuchillas y cargas policiales españolas y marroquíes uno siente dolor, vergüenza y rabia al ver cómo se denigra la condición humana del que debiera acoger, tratando como a un animal al que debería ver como a un hermano o al menos como a un igual necesitado de ayuda. Que hablen luego de caridad cristiana o derechos humanos estos energúmenos, especialmente quienes les dirigen desde los palacios y parlamentos y visten traje de ceremonia en las cumbres políticas o en los fastos del Vaticano, porque no tienen disculpa estos crímenes ni tampoco los responsables de la migración masiva: las grandes industrias armamentistas y energéticas, las diversas multinacionales con sus complejos circuitos financieros, tan legales como espiritualmente ilegítimos por sus principios egoístas, su falta de principios espirituales , su nula humanidad y conciencia y sus acciones destructivas sobre personas y sobre el medio ambiente. Pero su poder es tan grande que corrompen a los gobiernos y les presionan de tal manera para conseguir sus objetivos, que los sistemas democráticos y los parlamentos se pliegan a sus deseos mientras elevan murallas por no querer asumir las consecuencias de su servidumbre política. Sin embargo sabemos de sobra que si los políticos cerraran filas para contribuir al desarrollo económico y social de los países de origen de los inmigrantes, en lugar de ser siervos de los grupos financieros y grandes corporaciones, este problema desaparecería. Sabemos de sobra que todo ser humano debe tener los mismos derechos que cualquiera otro, sea de donde sea, incluido el derecho a pasar fronteras inventadas para impedir, precisamente, ese derecho.
Hemos llegado así al punto de que los gobiernos llamados democráticos son cada vez más representativos, sí, pero no de la voluntad popular, sino de la voluntad empresarial que desconoce la piedad, la compasión, el amor y todo valor que no sea el del mercado de valores. Apoyemos a los inmigrantes en la medida que podamos: son nuestros hermanos, no podemos quedarnos indiferentes ante tamaña doble injusticia: la de ser pobre y la de ser agredido y rechazado por serlo. Por lo demás, todos somos conscientes de que la inmigración no cesará. No se le pueden poner puertas al campo. Ni puertas ni vallas con cuchillas afiladas, ni muros de hormigón. El hambre no reconoce fronteras, no, y aunque se le quiera contender con muros de piedra y hierro, más pronto que tarde serán muros de papel que la lluvia deshace.

















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