
Gracias, alcalde.
Luis Arias
Hay decisiones que generan debate y otras que invitan a la reflexión. La de Francisco de la Torre de volver a presentarse a la Alcaldía de Málaga pertenece claramente al segundo grupo.
Lo primero que me sale decir es gracias.


Gracias porque sería muy injusto hablar del futuro sin reconocer antes todo lo que ha supuesto para esta ciudad. Quienes llevamos años viviendo Málaga hemos visto una transformación que parecía imposible. Pasamos de ser una ciudad que miraba con cierta envidia a otras capitales a convertirnos en un referente para España y para Europa. Llegaron los museos, las empresas tecnológicas, la inversión, el turismo de calidad, los congresos... Málaga empezó a creer en sí misma.
Y eso tiene nombres propios. Uno de ellos, probablemente el principal, es Francisco de la Torre.
Por eso este artículo no nace desde la crítica. Nace precisamente desde el respeto.
Porque cuando alguien ha dedicado más de veinticinco años a servir a su ciudad, creo que merece algo más que un aplauso. Merece que también pensemos en cómo proteger el legado que deja.
Y ahí es donde me surge la duda.
¿De verdad necesita Francisco de la Torre volver a demostrar lo que ya ha demostrado durante tantos años?
Tengo la sensación de que no.
Hay una frase que dice que los grandes líderes no son los que consiguen que nadie pueda sustituirlos, sino los que preparan a otros para continuar el camino. Quizá ahí esté ahora el verdadero reto.
El Partido Popular de Málaga no se parece al de hace veinte años. Hoy cuenta con una generación de responsables públicos que conocen el Ayuntamiento, que han crecido al lado del alcalde y que están preparados para asumir mayores responsabilidades.
Entre ellos, Elisa Pérez de Siles representa, en mi opinión, uno de esos perfiles que combinan experiencia, conocimiento de la administración y capacidad para conectar con una nueva etapa. No porque haya que romper con lo construido, sino precisamente porque puede darle continuidad desde una mirada diferente.
Y esa mirada diferente tiene mucho que ver con los barrios.
Durante años, el gran objetivo fue colocar a Málaga en el mapa. Y se consiguió. Nadie discute eso.
Pero ahora los vecinos hablan de otras cosas.
Hablan de lo difícil que resulta acceder a una vivienda. De los atascos de cada mañana. De la limpieza de determinadas zonas. Del mantenimiento de los parques. Del estado de algunas calles. De la falta de aparcamiento. De los pequeños problemas que no salen en los titulares nacionales, pero que condicionan la vida de miles de malagueños.
Quizá haya llegado el momento de que la próxima gran transformación de Málaga no sea la que aparece en los periódicos internacionales, sino la que se note cuando un vecino salga de su casa.
No significa abandonar la Málaga que mira al mundo.
Significa equilibrarla con una Málaga que mire un poco más hacia dentro.
Porque las grandes ciudades no solo se construyen con proyectos emblemáticos. También se construyen arreglando una plaza, mejorando un centro cívico, haciendo más fácil coger un autobús o consiguiendo que un joven pueda independizarse sin tener que marcharse de su ciudad.
Ese puede ser el gran reto de la próxima década.
Y, precisamente por eso, creo que el momento político es casi perfecto para abrir una nueva etapa.
No porque exista desgaste personal. No porque falten ideas. Ni mucho menos porque no se reconozca el trabajo realizado.
Sino porque los proyectos políticos también tienen ciclos.
Hay un tiempo para transformar una ciudad. Y hay otro para consolidarla, acercarla más a sus vecinos y responder a problemas diferentes.
Francisco de la Torre ya ocupa un lugar privilegiado en la historia de Málaga. Nadie le va a quitar ese reconocimiento.
Pero quizá haya un último gesto que termine de convertir ese legado en algo aún más grande.
Ser el alcalde que transformó Málaga... y también el que supo elegir el momento adecuado para entregar el testigo.
Porque, al final, hay algo que permanece por encima de cualquier nombre propio: el futuro de Málaga.






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