


¿Volveremos a subir al tren con la misma tranquilidad?



Hay acontecimientos que nos obligan a detenernos, aunque no estemos físicamente cerca de ellos. El accidente ferroviario ocurrido hoy en Toledo es uno de esos sucesos que sacuden a toda una sociedad y nos enfrentan, de forma inesperada, a una realidad incómoda: la fragilidad de nuestra sensación de seguridad.
Como psicóloga, creo que merece la pena detenernos en una pregunta: ¿qué ocurre en nuestra mente cuando una tragedia así irrumpe en nuestra vida cotidiana?


El tren representa para muchas personas un medio de transporte habitual, una forma de desplazarse al trabajo, visitar a la familia o emprender un viaje. Lo utilizamos confiando en que llegaremos a nuestro destino. Esa confianza forma parte de nuestra rutina y rara vez nos detenemos a pensar en ella. Sin embargo, cuando ocurre un accidente de esta magnitud, algo puede cambiar en nuestra manera de percibir ese trayecto. Lo que ayer nos parecía seguro hoy puede despertar inquietud.
Este fenómeno tiene mucho que ver con nuestra necesidad de control. Nos tranquiliza pensar que podemos anticipar los riesgos y que existen mecanismos capaces de protegernos. Una tragedia inesperada rompe esa sensación de previsibilidad y nos recuerda que no todo está bajo nuestro control.
Además, no necesitamos haber estado en ese tren para sentir su impacto emocional. Al conocer las historias de las víctimas, imaginar el sufrimiento de sus familiares o pensar que cualquiera de nosotros podría haber ocupado uno de esos asientos, se activa nuestra capacidad de empatía. La tragedia deja de ser una noticia lejana y adquiere un significado personal.
Cuando, además, se produce otro accidente ferroviario grave en un periodo relativamente corto, como ha ocurrido este año en España, es comprensible que algunas personas experimenten una mayor sensación de inseguridad. Pueden aparecer preguntas, temor a viajar o dudas sobre la fiabilidad de aquello en lo que antes confiábamos. No significa que todas las personas vayan a desarrollar miedo ni que estemos ante un trauma colectivo, pero sí que estos acontecimientos pueden alterar nuestra percepción del riesgo.
A este impacto se suma la exposición constante a imágenes, testimonios y noticias. Queremos comprender qué ha ocurrido y estar informados, pero la repetición continuada de escenas dolorosas también puede intensificar nuestro malestar. Informarnos es necesario; exponernos sin descanso al sufrimiento, no. Podemos seguir la actualidad sin consumir cada imagen ni permanecer pendientes de cada nueva información.
¿Qué podemos hacer ante esta sensación de vulnerabilidad? En primer lugar, permitirnos sentir. La tristeza, el miedo, la rabia o la incertidumbre son respuestas humanas ante
acontecimientos de esta naturaleza. También es importante recordar que sentir temor no significa que el peligro sea inminente y que no todas las experiencias individuales deben convertirse en una predicción sobre lo que ocurrirá en el futuro.
Recuperar la tranquilidad no consiste en negar los riesgos, sino en poder convivir con la incertidumbre sin dejar que esta dirija nuestra vida. Y, cuando el miedo se mantiene, limita nuestros desplazamientos o interfiere en nuestro día a día, buscar ayuda profesional puede ser una forma de recuperar esa libertad.
Hoy, antes de preguntarnos si volveremos a subir al tren con la misma tranquilidad, quizá debamos recordar que detrás de cada cifra hay una persona, una familia y una historia interrumpida. A ellas les corresponde ahora toda nuestra atención, respeto y solidaridad.
Porque una tragedia no solo deja consecuencias visibles. También puede sacudir la confianza con la que habitamos el mundo. Y reconstruir esa confianza requiere información rigurosa, responsabilidad y tiempo, pero, sobre todo, no olvidar nunca la dimensión humana de lo ocurrido.
Ana Romero Gómez Psicóloga y directora de Nuevamente Psicólogas Málaga
Experta en trauma








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