Carta de vuelta a Mark Zuckerberg, que le escribió al mundo entero para no mirar a nadie. Le devuelvo su palabra favorita, esos «todos», y con ella le doy la vuelta al planeta —de China a América, en contra de las manecillas del reloj— para preguntar quiénes caben y quiénes no en su idea de humanidad.
El 10 de agosto de 2026, un hombre que posee una de las mayores concentraciones de poder computacional del planeta publicó una carta y la tituló, sin pestañear, «El futuro es para todos» (Zuckerberg, 2026). La escrita «Mark», así, en confianza, como quien te escribe a ti, y solo a ti, desde el otro lado de la mesa. Yo la leí en Lachine, a orillas del lago Saint-Louis, con un café que se enfrió mientras entendía lo que tenía delante. No era una carta a la humanidad. Era una pelota lanzada al aire con la esperanza de que nadie se la devolviera. Pues bien, querido Mark, aquí va de regreso. Y como toda pelota bien lanzada, te va a llegar como lo que en el fondo es: un espejo.
A quién le escribe cuando escribe «a todos»
Toda carta abierta miente un poco en el sobre. Dice «a la humanidad» y va dirigido, en realidad, a tres destinatarios que se pelean el asiento. El primero es el destinatario nominal, ese «todos» del título que sirve de coartada. El segundo es el destinatario real: quienes tienen el poder de darte o negarte lo que pides. El tercero es el destinatario secreto, aquel ante cuyo tribunal uno se justifica, y que casi siempre es uno mismo.
Tu carta, Mark, toca los tres registros a la vez, y ahí está la primera clave para entenderla. Cuando prometes agentes personales, tutores con doctorado y herramientas gratuitas, le hablas a la multitud, al destinatario nominal. Cuando defiendes los controles de exportación de silicio, cuando propones entregarle al gobierno los puntos de control intermedios de tus modelos, cuando pides que la FDA se apure y que no se frene «ni un mes» la competitividad estadounidense, le hablas al destinatario real: el Estado, los reguladores, los rivales de la carrera, los mercados que vigilan si tu foso competitivo aguanta. Y cuando invocas a los hermanos del taller de bicicletas, al aprendiz que descubrió la electricidad, al niño del garaje, y sobre todo cuando cuentas que tu agente te vigila el sueño y que tu hija de ocho años ya programa y hornea contigo con inteligencia artificial, le hablas al destinatario secreto: a tu propia biografía, a la figura del fundador-héroe, a la posteridad.
La firma con el nombre de pila no es un descubierto. Es el gesto final de intimidad que convierte un documento de lobby en una confesión entre amigos. Así que tu pregunta, la que das por resuelta sin discutirla nunca, no tiene una respuesta, tiene tres. Pero a mí me interesa la cuarta, la que evitas: ¿quiénes son, para ti, esa «humanidad», ese «todos» a quienes dices servir?
De qué estás hablando, en cristiano
Antes de discutirlo hay que entenderlo, y conviene quitarle la jerga. Partes de una premisa técnica que tratas como inminente: la superinteligencia, sistemas que superan a los humanos en casi todo, y en especiales sistemas capaces de mejorarse a sí mismos, ese concepto que Bostrom (2014/2016) sistematizó junto al problema del control. Tu tesis no es técnica, es política, y se sostiene en dos palabras: equilibrio de poder. Dices que el peligro no está en la tecnología, sino en su concentración. Si una sola entidad tuviera la superinteligencia, habría tiranía; si la tienen todos, los intereses en pugna se controlan entre sí, como en un mercado o en una democracia liberal, y de ese choque brota el bien común.
De ahí sale todo lo demás. El agente personal para cada quien. El código abierto como forma de repartir. El rechazo a la idea de una superinteligencia benévola única, que considera imposible porque la humanidad no es un monocultivo. La promesa estrella: si todos tienen ciberseguridad superinteligente, el mundo entero se vuelve más seguro; si todos tienen un abogado superinteligente, la justicia se vuelve más justa.
Y te concedo lo defendible, porque el error fácil sería tratarte de cínico y no lo eres. Es cierto que una superinteligencia única, aunque se declare benévola, es un riesgo político mayúsculo, y que la historia del déspota ilustrado no ha terminado bien jamás. Repartir es más seguro que confiar en un amo, aunque el amo sea una máquina alineada. Hasta ahí, buen argumento. El problema, Mark, es que no eres un cínico: eres algo filosóficamente más interesante. Eres un creyente. Lo que escribes es una teodicea, una justificación del orden con forma de mercado. Y como toda teodicea, su fuerza está en lo que deja fuera del cuadro.
La vuelta al mundo, en contra del reloj.
Aquí empieza el viaje, y aquí es donde te devuelvo la pelota haciéndola rodar por todo el globo. Salgo de China y voy hacia el oeste, contra las manecillas del reloj, y en cada parada me encuentro con alguien que ya le dio vueltas a lo que tú presentas como evidente.
Porcelana. El filósofo de la técnica Yuk Hui, con sus conceptos de cosmotécnica y tecnodiversidad, ataca justo la operación que haces sin nombrarla: universalizar una sola racionalidad tecnológica, nacida en un rincón muy concreto de California, y presentarla como el destino natural de la especie (Hui, 2020). Para Hui no existe la tecnología en singular, con una única flecha hacia la superinteligencia; Existen muchas cosmotécnicas. Tu «todos», en su lengua, es un monotecnicismo: la reducción de todos los mundos posibles a un solo futuro, el tuyo, en el que solo se puede entrar como usuario. A su lado, Zhao Tingyang ofrece desde la tradición del tianxia, ​​»todo bajo el cielo», un universalismo rival, uno relacional, donde la unidad del mundo se piensa desde el vínculo y no desde la suma de individuos que optimizan preferencias (Zhao, 2018). Tú también dices «todo bajo el cielo», Mark. Pero tu cielo está poblado de átomos que consumen, no de relaciones que obligan.
Corea, y el puente con Europa. Byung-Chul Han pone el dedo en la llaga más incómoda. Su crítica de la psicopolítica describe con exactitud a tu agente personal que trabaja para el usuario las veinticuatro horas: el poder neoliberal, dice, ya no reprime, empodera; no te prohíbe, te incita a explotarte a ti mismo en nombre de tu propia realización (Han, 2014). El sujeto que se cree libre y dueño de su agente es el que mejor ha interiorizado la coacción, porque ahora se vigila, se optimiza y se exprime solo, convencido de que eso es autonomía. Tu «modo totalmente privado», ese que ni Meta puede ver, es desde Han el detalle más revelador: la promesa de una interioridad blindada, ofrecida justamente por la industria que convirtió la interioridad en dato.
Asia del Sur. Gayatri Spivak formuló hace décadas la pregunta que desnuda tu título: ¿puede hablar el subalterno? Su respuesta es que, en el discurso hegemónico, el subalterno no habla: es hablado, es representado, es expresado por quien dice defenderlo (Spivak, 2003). «El futuro es para todos» es, en su clave, un acto de habla que habla por aquellos a quienes no puede oír. Y Amartya Sen, con su enfoque de las capacidades, marca la trampa fina: usas un lenguaje que suena a capacidades, «expandir lo que cada persona puede hacer», pero reduce la capacidad a acceso a cómputo (Sen, 1999/2000). Para Sen, una capacidad real exige libertades sustantivas y deliberación pública, no una herramienta puesta en la mano.
África. Achille Mbembe, con su concepto de necropolítica, pregunta por los cuerpos que el relato del progreso vuelve prescindibles (Mbembe, 2003). En tu carta, la comunidad aparece una sola vez y en un papel preciso: sitio de extracción a compensar. Prometes ser positivo en agua y pagar bonos a los maestros de Richland Parish, y está bien que lo hagas, pero fíjate en la gramática: la comunidad no es sujeto que delibera, es entorno que se indemniza. Frente a esa ontología, la tradición africana del ubuntu dice lo contrario exacto de tu individuo: «una persona es persona a través de otras personas», la persona como nudo de relaciones y no como átomo con derechos previos a la comunidad (Ramose, 1999). Tu «todos» es una suma de unos; el ubuntu enseña que no hay uno antes del nosotros.
El Caribe, y el corazón del asunto. Aquí aparece quien, a mi juicio, te desarma con mayor precisión: Sylvia Wynter. Su tesis es que la modernidad occidental instaló una figura particular —el burgués, el sujeto económico racional, el homo oeconomicus— y la hizo pasar por el ser humano universal, por el Hombre con mayúscula; a esa sobrerrepresentación de una figura provinciana como si fuera la especie entera, la llama colonialidad del ser (Wynter, 2003). Y aquí está el golpe, Mark: tu «everyone» es, punto por punto, el Hombre de Wynter. El emprendedor-consumidor-
Europa. Yanis Varoufakis le pone el nombre económico a lo que pasa: tecnofeudalismo. Las plataformas ya no son mercados, son feudos; el capital-nube no gana por producir, sino que cobra renta por controlar el acceso (Varoufakis, 2023). Bajo esa luz, tu estelar, «herramientas gratuitas para millas de millones», deja de ser generosidad y se vuelve el mecanismo mismo de la servidumbre: el señor no cobra la entrada al feudo, cobra por todo lo que ocurre dentro. Lo gratis es el anzuelo del vasallaje. Y Antonio Gramsci, con su idea de hegemonía y de sentido común, explica la forma de tu texto: la operación por la cual un proyecto de una clase muy particular se presenta como el interés de todos, como lo obvio (Gramsci, 1975/1981). Tu carta no argumenta que el mercado sea providencia: lo da por sentado, y ese darlo por sentado es el trabajo hegemónico. Jürgen Habermas, por su parte, lloraría lo que se diluye: la esfera pública, el espacio donde una comunidad delibera y llega a acuerdos (Habermas, 1992/1998). En tu mundo no hay un nosotros que discute; hay millones de yo que optimizan en privado.
América Latina, mi orilla. Enrique Dussel ofrece la crítica más honda desde el sur. Contra el ego cogito de la modernidad, «pienso, luego existo», Dussel desenmascara su reverso oculto, el ego conquiro, «conquisto, luego existo»: la subjetividad moderna se constituyó dominando a un Otro al que primero tuvo que encubrir (Dussel, 1992/1994). Toda la totalidad que se declara universal, dice, produce una exterioridad, un afuera de seres que no cuentan. Tu «todos» es una totalidad de ese tipo, y su exterioridad son los millas de millones sin conexión, sin dispositivo, sin la forma de vida que tu sistema presupone. Bolívar Echeverría le pone a esa figura un nombre latinoamericano y perturbador: blanquitud, no el color de la piel, sino el ethos que el sujeto moderno debe adoptar para ser reconocido como pleno, productivista, individualista, disciplinado (Echeverría, 2010). El Hombre de Wynter y la blanquitud de Echeverría se dan la mano por encima del Atlántico. Aníbal Quijano, con la colonialidad del poder (Quijano, 2000), Walter Mignolo, con la opción decolonial (Mignolo, 2005/2007), y Johan Galtung, cuyo concepto de violencia estructural visibiliza cómo las propias dinámicas institucionales y tecnológicas imponen daños invisibles y sistemáticos sobre los vulnerables (Galtung, 1969), cierran el diagnóstico: «para todos» es la retórica de la modernidad, y la colonialidad es su cara oculta, la que fabrica a los que quedan afuera para que unos pocos puedan estar adentro.
América del Norte, tu casa. Llego, en contra del reloj, al punto de donde saliste. Shoshana Zuboff, con su anatomía del capitalismo de la vigilancia, hace saltar por los aires tu promesa del modo privado: describe cómo la industria de la que Meta es emblema convirtió la experiencia humana en materia prima para predecir y modificar conducta (Zuboff, 2019/2020). Prometer una interioridad que ni la empresa puede ver, desde ese historial, es pedir un acto de fe considerable. Y en el frente más contemporáneo, Timnit Gebru y Émile Torres han demostrado que el propio discurso de la superinteligencia —esa mezcla de utopía salvadora y advertencia apocalíptica— funciona como una ideología con raíces en la tradición eugenista, que usa el lenguaje del beneficio para todos para eludir la rendición de cuentas (Gebru y Torres, 2024). Tu carta, leída así, es un artefacto de esa ideología: promete el cielo, agita el infierno de la concentración, y se ofrece como la vía de salvación. Para cerrar el círculo basta un contraste con John Rawls: rozas un lenguaje de justicia, pero olvidas el criterio rawlsiano decisivo, juzga el orden por la suerte del que peor está (Rawls, 1971/1995). En ninguna parte de tu carta se mide el futuro por los últimos. Se mide por el promedio, que es la manera estadística de no ver a nadie.
El debate, de frente
Ahora sí, discutámoslo sin caricatura, porque te debo un combate limpio.
Ya te concedí lo tuyo: contra el catastrofismo de otros laboratorios, aciertas al desconfiar del amo único, y hay dominios, como la ciberseguridad, donde repartir una capacidad puede endurecer el sistema entero en vez de fragilizarlo. Detectas con lucidez la trampa del rival que dice «esto es tan peligroso que solo yo puedo custodiarlo, denme el monopolio». Todo eso es verdad.
Pero hay un salto lógico, uno solo, que sostiene todo tu edificio. Confundes distribuir el uso de una tecnología con distribuir el poder sobre ella. Partes el consumo ya eso le llamas equilibrio de poder. Repartir agentes personales entre millas de millones no toca en absoluto quién entrena los modelos, quién posee el cómputo, quién fija los términos, quién opera la subasta que asigna la inteligencia. Ese meta-poder, el poder sobre el reparto, queda intacto y, peor, queda consagrado. Porque un mundo de individuos atomizados, cada uno absorto en optimizar su vida con su agente, es precisamente la condición ideal para la soberanía de la plataforma. No hay demos que negocie colectivamente los términos; hay usuarios que aceptan condiciones de servicio. Tu equilibrio de poder es, en el mejor de los casos, un equilibrio en la planta baja del edificio, mientras el dueño observa desde una azotea a la que tu carta jamás menciona. Divide y sirve.
Y aquí converge todo el viaje. Lo que Wynter llama sobrerrepresentación del Hombre, lo que Dussel llama encubrimiento del Otro, lo que Han llama autoexplotación del sujeto del rendimiento, lo que Varoufakis llama renta del feudo, son caras del mismo mecanismo: un universal que funciona como coartada. Tu «todos» no es un error de la carta, es su motor. Sirve para que el reparto de un poder concreto pueda presentarse como su disolución. La palabra «todos» hace, en el plano del discurso, exactamente lo que el mercado hace en el plano económico: naturaliza. Convierte una decisión histórica, contingente e interesada —la de una empresa y su modelo de negocio— en una ley casi física del progreso humano. Es, para decirlo con las herramientas que manejo a diario, mito en el sentido de Barthes (1957/1999) y doxa en el sentido de Bourdieu (1980/2007), operando a plena luz.
Coda: la pelota, el espejo
Volvamos al sobre, que es donde empezamos. ¿A quién le escribe, Mark?
Le escribe al Estado ya los reguladores, para pedirles cómputo, velocidad y controles de exportación. Le escribe a tus rivales, para disputarles la relación de qué es una inteligencia artificial responsable. Le escribe a los mercados, para asegurarles que el foso aguanta. Pero por debajo de esos tres, y sosteniéndolos, le escribe a una figura que no es ninguno de nosotros y que a la vez pretende ser todos: ese Hombre universal, emprendedor de sí mismo, que la modernidad fabricó y que tu carta corona como destino de la especie. Y esa figura, mírala bien, tiene un rostro. Es el niño del garaje que salió bien, el fundador cuyo agente le vigila el sueño y le planea las recetas del fin de semana con su hija. Tu humanidad se parece asombrosamente a ti.
Por eso firmas «Mark», en confianza. Tu carta abierta a la humanidad es, en su capa más honda, una teodicea en la que el autor ocupa el lugar de la providencia, y un espejo en el que la especie entera aparece con tus facciones. No le escribe a la humanidad. Le escribe a tu imagen de la humanidad, que es tu propia imagen, usando a la humanidad como marco. Ese «todo» es el cristal. Y como espejo todo bien pulido, tiene la virtud de que quien se asoma cree estar viendo el mundo cuando se está viendo a sí mismo. Porque en ese rango humano al que representa, «los demás» son eso: los de más. Los que sobran. Los que se cuentan al final, en el promedio, para no tener que mirarlos uno por uno.
Así que aquí te va la pelota de regreso, querido Mark, después de darle la vuelta al planeta. Que te alcance como ese espejo al cual, en virtud de la verdad, tú le hablas. La pregunta que tu carta no se hace, y que un futuro digno de ese nombre tendría que hacerse, es la más vieja de la filosofía política y la más ausente de Menlo Park: no qué puede hacer cada quien con su agente, sino quiénes decidimos, juntos, los términos del reparto. Esa pregunta no se responde con una herramienta gratuita. Se responde con un nosotros que tú, precisamente, necesitas que no exista.
Yo soy, para tu cuadro, una de las de más. Una plebeya que te devuelve la pelota desde Lachine. Pero da la casualidad de que esta plebeya sabe leer un espejo. Y el tuyo, Mark, te estás mirando.
LA CARTA DE MARK ZUCKERBERG (Inglés y español)
El futuro es para todos: El camino hacia un futuro positivo para la IA
Por Mark Zuckerberg
En Meta, creemos que la inteligencia artificial tiene el potencial de liberar la creatividad, la productividad y las oportunidades económicas humanas a una escala nunca antes vista. La superinteligencia ya no es un concepto teórico lejano; es una realidad inminente que redefinirá la forma en que cada individuo interactúa con el mundo.
Sin embargo, la cuestión política y tecnológica fundamental de nuestra era no es si la superinteligencia llegará, sino cómo se distribuirá su poder. Existen dos visiones contrapuestas para este futuro. Una de ellas busca centralizar la superinteligencia en un pequeño grupo de instituciones cerradas, confiando en una única autoridad centralizada para dictar qué es seguro y beneficioso para la humanidad. Creemos que este camino conlleva un riesgo inmenso. La historia nos enseña que la concentración de un poder sin precedentes conduce inevitablemente a la tiranía.
La segunda visión —y la que Meta defiende— se basa en un equilibrio de poder abierto. Creemos que el futuro más seguro y justo es aquel en el que las capacidades avanzadas de IA estén ampliamente disponibles mediante tecnología de código abierto, agentes personales e infraestructura accesible. Cuando todos tengan acceso a capacidades superinteligentes —ya sea para educación personalizada, ciberseguridad avanzada, representación legal o investigación científica— ninguna entidad podrá dominar a las demás. Los intereses contrapuestos se equilibran de forma natural, empoderando a las personas y fomentando un ecosistema inclusivo.
Para alcanzar este futuro, debemos garantizar que los marcos regulatorios apoyen la innovación abierta, mantengan una infraestructura sólida y protejan el acceso democrático sin menoscabar la competitividad. El futuro de la tecnología no debe pertenecer a unos pocos privilegiados. El futuro es para todos.
Marca
El futuro es para todos: El camino hacia un futuro positivo de la IA
Por Mark Zuckerberg
En Meta, creemos que la inteligencia artificial tiene el potencial de desatar la creatividad humana, la productividad y la oportunidad económica a una escala que nunca antes habíamos visto. La superinteligencia ya no es un concepto teórico distante; es una realidad que se aproxima y que redefinirá cómo cada individuo interactúa con el mundo.
Sin embargo, la pregunta política y tecnológica que define nuestra era no es si la superinteligencia llegará, sino cómo se distribuirá su poder. Existen dos visiones en competencia para este futuro. Una busca visión centralizar la superinteligencia dentro de un pequeño grupo de instituciones cerradas, confiando en una autoridad única y centralizada para dictar qué es seguro y beneficioso para la humanidad. Creemos que este camino entraña un riesgo inmenso. La historia nos enseña que la concentración de un poder sin precedentes conduce inevitablemente a la tiranía.
La segunda visión —y la que Meta defiende— se basa en un equilibrio de poder abierto. Creemos que el futuro más seguro y justo es aquel en el que las capacidades avanzadas de IA estén ampliamente disponibles a través de tecnología de código abierto, agentes personales e infraestructura accesible. Cuando todos tienen acceso a capacidades superinteligentes —ya sea para educación personalizada, ciberseguridad avanzada, representación legal o investigación científica— ninguna entidad individual puede dominar a las demás. Los intereses en pugna se equilibran de manera natural, empoderando a los individuos y fomentando un ecosistema inclusivo.
Para alcanzar este futuro, debemos garantizar que los marcos regulatorios respalden la innovación abierta, mantengan una infraestructura sólida y protejan el acceso democrático sin obstaculizar la competitividad. El futuro de la tecnología no debe pertenecer a unos pocos guardianes selectos. El futuro es para todos.
Mark
REFERENCIAS
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