

Al principio pensé que era una impresión mía, una de esas sensaciones que uno guarda para sí por miedo a exagerar. Pero no: cada día hay más gaviotas en el interior de Málaga, más arriba, más dentro, más presentes. No ya en el puerto, ni en la playa, ni en los espigones donde siempre fueron reinas del viento. Ahora navegan entre los edificios altos, se posan en las azoteas, vigilan desde las antenas y anidan en cualquier hueco que les parezca seguro. Y todo bien, en teoría. La naturaleza se adapta, dicen.
Pero la convivencia tiene sus grietas.


Las noches empiezan a ser largas. Graznidos a cualquier hora, sobre todo en época de celo, cuando las gaviotas defienden su territorio como si la ciudad les perteneciera desde siempre. Y para quienes no tenemos garaje, cada mañana es una lotería: coches decorados, salpicados como si hubieran pasado la noche bajo un acantilado marino. Directos al lavadero.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿Por qué están entrando las gaviotas en la ciudad?
Los expertos llevan años avisando. La gaviota patiamarilla, tan común en la costa malagueña, ha encontrado en los edificios altos un sustituto perfecto de los acantilados naturales. Son lugares seguros, sin depredadores, cálidos y con alimento cerca. La ciudad es un buffet permanente: basura, restos de comida, contenedores rebosados, peces descartados en el puerto, incluso pequeños animales. Y si a eso se suma el cambio climático y la presión humana en la costa, el resultado es evidente: las gaviotas avanzan hacia el interior.

¿Por qué anidan en los edificios? Porque pueden. Porque es cómodo. Porque nadie las molesta. Porque las cubiertas planas, las terrazas y los huecos entre tejas son refugios perfectos. Y porque, a diferencia de otras especies urbanas, la gaviota está protegida y su control es complejo.
Y aquí aparece la otra pregunta, la que todos los vecinos se hacen en voz baja: ¿Se puede hacer algo?
Málaga ya ha vivido episodios similares. Se actuó con cotorras, con palomas, incluso con gorriones en épocas de sobrepoblación. Pero las gaviotas son otra historia. Su protección legal limita las intervenciones, y cualquier actuación debe estar autorizada y justificada. No es tan sencillo como colocar pinchos o redes. No es tan simple como espantarlas. Y, mientras tanto, la ciudad se convierte en un territorio compartido donde los vecinos sienten que pierden terreno.

¿Quién se ocupa de este problema? La responsabilidad se reparte entre el Ayuntamiento, Medio Ambiente y las empresas de control de fauna urbana. Pero la sensación ciudadana es que nadie termina de asumir el mando. No hay campañas informativas, no hay datos públicos, no hay un plan claro. Y, sin embargo, el fenómeno crece.
¿Hay antecedentes? Sí. En otras ciudades costeras —Barcelona, A Coruña, Cádiz— ya se han vivido situaciones similares. Algunas han optado por controlar nidos, otras por reforzar la limpieza, otras por campañas de concienciación para evitar que se alimente a las aves. Pero todas coinciden en lo mismo: si no se actúa, la gaviota se adueña del espacio.
Y Málaga, que presume de cielo limpio y luz mediterránea, empieza a descubrir que ese cielo ya no es solo suyo. Que lo comparten criaturas que gritan de madrugada, que dejan huella en los coches y que han encontrado en la ciudad un hogar perfecto.
Quizá no sea un problema aún. O quizá sí. Pero lo que está claro es que mirar hacia otro lado ya no es una opción.
Federico Hinojosa, vecino de Ciudad Jardín


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