

Sucedió este domingo a las 19:00 horas, apenas dos horas antes de que el Málaga CF se enfrentara al Almería en La Rosaleda. Me quedé tan sorprendido que no pude contener la emoción y saqué esta foto que hoy comparto: un milagro urbano, un hueco libre para aparcar.
Cada día, este rincón del Jardín de Málaga se convierte en uno de los puntos más calientes de la ciudad para encontrar aparcamiento. No solo porque no hay sitios, sino porque ya se aparca en todas partes: en doble fila, sobre la acera, en esquinas imposibles y hasta en los sueños de los conductores.
A ciertas horas, llegar aquí es sumarse a una procesión de coches dando vueltas como satélites sin órbita, esperando que alguien se mueva o que el destino se apiade. Si no hay suerte, toca subir al monte o bajar al polideportivo, duplicando el tiempo de trayecto y el gasto de gasolina. Una hazaña cotidiana que ya forma parte del folclore malagueño.


Y todo se acomoda a esa realidad porque no hay indicios de ninguna iniciativa pública para resolverlo. Al contrario: cada año desaparecen plazas por nuevos contenedores, remodelaciones de aceras, zonas de carga y descarga o ampliaciones de terrazas. Según datos del Plan de Movilidad Urbana Sostenible de Málaga, la ciudad ha perdido más de 2.000 plazas de aparcamiento en superficie desde 2018, mientras el parque móvil supera ya los 300.000 vehículos registrados.
El problema no es exclusivo de este barrio. En casi toda Málaga, aparcar se ha convertido en una utopía, una especie de deporte de resistencia donde el premio es un hueco y la medalla, llegar a tiempo. La solución parece tan lejana como el sueño de un transporte público eficaz o una conciencia urbana que reduzca el uso del coche.
Y sí, todo está conectado: el problema del aparcamiento también refleja el problema de la vivienda. En este mismo barrio, el metro cuadrado se ha disparado y las familias viven hacinadas, con más coches por hogar y menos espacio para convivir. Según el INE, Málaga es una de las ciudades con mayor densidad de vehículos por vivienda en Andalucía.
Otra solución, dicen, es irse a los pueblos. Es decir, trasladar el problema a las afueras, porque la ciudad se planifica para ser un gran shopping center donde los habitantes, poco a poco, sobramos en el guion.
Volviendo al punto —y sé que muchos conciudadanos me entienden—: no hay aparcamientos suficientes para quienes vivimos aquí, ni propuestas públicas que nos permitan soñar con que esto cambie.
Ojalá esa imagen de un hueco libre para aparcar no se convierta en una reliquia urbana, una foto que nuestros nietos miren con nostalgia cuando ya no quede espacio ni para la memoria.
Hugo Rodríguez Ghiara



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