

Durante meses Hollywood se movió bajo un secretismo absoluto. Se sabía que Spielberg regresaba al cine de extraterrestres, pero el proyecto se blindó como si fuese un archivo clasificado del Pentágono. Y un día se reveló el misterio, la respuesta está en los cines. Disclosure Day (El día de la revelación) demuestra que el director mantiene intacto su talento para el suspenso cinematográfico.


Steven Spielberg es el cineasta que hace medio siglo nos enseñó a mirar el cielo con asombro en “Encuentros cercanos del tercer tipo”, y regresa a ese mismo cielo con “El día de la revelación”, estrenada esta semana en cines de todo el mundo. Y lo hace sin nostalgia ni repitiendo la fórmula que ya le funcionó. Lo hace como quien todavía tiene algo urgente que decir: ¿qué le ocurre a una civilización cuando descubre que no está sola en el universo? La respuesta la sitúa no en un futuro lejano sino en un presente inquietante por lo reconocible.
El detonante de la historia es un instante de quiebre televisivo: una presentadora, interpretada con precisión y densidad interior por Emily Blunt, sufre en vivo un episodio inexplicable que abre una grieta en la realidad. A partir de ahí, la película despliega una cadena de señales, sospechas y revelaciones que no buscan el espectáculo vacío sino la perturbación sostenida. Colin Firth compone el villano, un poderoso operador del secreto institucional. El guion (que tuvo 49 borradores) es obra de David Koepp, colaborador histórico de Spielberg desde “Jurassic Park”, y vale acotar que recurre a algunas resoluciones inverosímiles en favor de mantener la dinámica del relato.
La cámara de Janusz Kamiński se mueve con una velocidad electrizante, mientras que las actuaciones de Blunt (como la meteoróloga Margaret Fairchild) y Josh O’Connor (el informático Daniel Kellner) le inyectan realismo y adrenalina.
Los últimos veinte minutos rompen con la intensidad narrativa y regalan una de las resoluciones visuales más poderosas de la filmografía de Spielberg. Apoyado en la emocionante partitura de John Williams, el clímax de la revelación recupera esa capacidad de asombro.
El gran realizador del cine sigue apuntando con la cámara al cielo, y nosotros aprendiendo a mirarlo.
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