
Por David Pasarin-Gegunde Linares
En este actual proceso de revisión de los acontecimientos históricos que sucedieron durante la conquista, y los siglos sucesivos, se habla mucho de perdón, de desagravios y enmiendas, pero poco de agradecimientos. En el caso de México, se ha monopolizado el centro de atención en la ciudad de Tenochtitlan, en la civilización azteca y en la conquista de este pueblo por parte de los castellanos.
Bien es verdad que la exuberante y bella Ciudad de México y el hecho de que toda la nación en su conjunto haya heredado el nombre del Imperio Mexica le da una visibilidad absoluta en todo este proceso. Sin embargo, no se puede caer en el error de nombrar al todo por una de las partes, ya que una unidad parecida a lo que hoy llamamos nación estuvo muy lejos de existir en la Mesoamérica prehispánica. Esta omnipresencia azteca esconde tras de sí decenas de pueblos que convivían —normalmente sometidos o acosados— por la potencia hegemónica del momento, la Triple Alianza Tenochtitlán-Texcoco-Tlacopan.
El asunto de la solicitud de perdón es una auténtica laguna —como lo fue la zona donde se asentaron los mexicas— llena de aguas encharcadas y arenas movedizas. Parece que en determinados ámbitos político-culturales hay consenso en pedir explicaciones a los españoles por tratarse de una potencia extranjera que llegó a desestabilizar desde fuera el sistema —ya de por sí inestable— mesoamericano, una especie de comensal no invitado a la fiesta.
Sin embargo, los pueblos aborígenes antes de la llegada de los europeos ya luchaban encarnizadamente unos contra otros para conseguir tributos —una manera eufemística de llamar a las víctimas sacrificatorias—. Esta crueldad fraternal que se tenían los pueblos indígenas es la que facilitó a Hernán Cortés su titánica hazaña, imposible si no reinase ese clima de desconfianza mutua y agresión permanente entre los mesoamericanos.

Hoy en día, quinientos años después, hay otro sentimiento, mucho más benigno que la petición de responsabilidades, que no se ha ejercido con la suficiente diligencia, al menos por parte de España; me refiero a la expresión de gratitud. Esta sí que es una asignatura pendiente —después de varios siglos— que tienen los españoles con uno de los pueblos mesoamericanos que más apoyaron a los castellanos.
En su devenir por la historia de la Humanidad, muy pocos países han tenido relación con tal cantidad de naciones y culturas como España, para bien o para mal. Empezamos por los imperios que nos han conquistado: fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, suevos, musulmanes... por citar los más importantes, sin olvidar la invasión napoleónica, la apropiación de Gibraltar por parte de Inglaterra o la más reciente creación de bases militares estadounidenses (otra forma de imperialismo) en Torreón de Ardoz, Morón de la Frontera o Rota. Por otra parte, desde la muerte de los Reyes Católicos, hemos sido siempre gobernados por dinastías extranjeras, los Habsburgo procedentes de Flandes (aunque originariamente austriacos) y los Borbones franceses. Somos además un pueblo de pueblos, en cuyo seno conviven diferentes idiosincrasias e idiomas y, además, hemos tenido fuertes lazos culturales y políticos con el Sur de Italia, gracias a la expansión catalano-aragonesa por el Mediterráneo, y una cercana relación dinástica con Portugal, fruto de constantes matrimonios reales.
Sin embargo, cuando esas relaciones con otros ámbitos culturales se multiplican de manera exponencial es en el momento en el que Castilla inicia su andadura americana incorporándose a esa lista decenas de pueblos con los que hemos mantenido relaciones directas: los mayas, aztecas, incas, apaches al norte, mapuches al sur o, más allá, los tagalos en Filipinas.
Con todos hemos mantenido diferentes tipos de relaciones, desde la guerra abierta durante más de un siglo con los araucanos hasta los más profundos lazos de sangre, por medio del mestizaje, con la inmensa mayoría de ellos. Ahora bien, si alguna de estas naciones ha sido a lo largo de la historia un leal aliado y un decidido defensor del mestizaje con nosotros, esos han sido los Tlaxcaltecas.
Pues bien, por la trayectoria que vamos a reseñar brevemente en este capítulo, desconocida para la mayoría de los españoles, si a alguien debería dar las gracias España, sin lugar a dudas, si a alguien debemos mostrar nuestros más sinceros sentimientos de gratitud es al pueblo tlaxcalteca que, por cierto, ha pagado un alto precio por su orgullosa lealtad hispana.
Lamentablemente, la inmensa mayoría de los españoles desconocemos lo que este pueblo supuso para la Monarquía Hispánica, una estratégica y decisiva aportación que fue más allá de su Mesoamérica natal. Los ámbitos institucional y académico en la península padecen, al igual que la opinión pública, de una desmemoria generalizada hacia este noble y orgulloso pueblo, verdadera cuna del mestizaje mexicano —y por extensión hispanoamericano— como reza el lema del actual Estado de Tlaxcala.
Resulta increíble que en el callejero de muchas ciudades españolas las principales plazas y avenidas estén dedicadas a Venezuela, Argentina, La Habana o Chile, por citar algunas, y los tlaxcaltecas, los grandes aliados de la Corona Española, no cuenten con ninguna. Resulta sorprendente que ciudades como Madrid, Cádiz, Barcelona, Sevilla o Bilbao cuenten con estatuas dedicadas a Simón Bolívar o José San Martín y ninguno de los líderes tlaxcaltecas, o la nación entera, cuenten con una efigie que atestigüe el sincero homenaje de los españoles a este incondicional aliado, que ha pagado, por otra parte, un alto precio por su lealtad.
Trataré de hacer una breve semblanza de las inmensas hazañas —imposible enumerarlas todas—que vivieron estos indios al lado de los españoles para que el propio lector determine la necesidad inminente de reconocimiento con homenajes, plazas y calles a esta singular nación.
Para ponernos en antecedentes, antes de la llegada de los castellanos, la tierra de los Tlaxcaltecas estaba completamente rodeados por los mexicas, sus acérrimos enemigos. El primer encuentro entre los españoles y los tlaxcaltecas, como no podía ser de otra manera tratándose de un orgulloso pueblo guerrero, fue en septiembre de 1519 y consistió en una serie de escaramuzas e incursiones nocturnas en territorio indígena. En ese proceso, el envío de una embajada por parte de los indios fue visto por los castellanos como una operación de espionaje que finalizó con la amputación, por parte de Hernán Cortés, de las manos de cincuenta de los embajadores/espías tlaxcaltecas.
Sorprende que, después de esta crueldad ejercida por el capitán extremeño, inimaginable para nuestras mentes actuales, los futuros aliados mostraran tanta lealtad a los recién llegados.
Posteriormente a este oscuro incidente, fruto de las intensas negociaciones, surgió entre ambos pueblos una indisoluble unión, que resulto ser uno de los pilares del Imperio Español en América. Supuso además el verdadero inicio del mestizaje en el nuevo contienente, ya que fruto de ese pacto cinco princesas indias se casaron con otros tantos capitanes castellanos, entre ellos el propio lugarteniente de Cortés, Pedro de Alvarado.
Resulta absolutamente fascinante, imposible de imaginar para nuestras mentes modernas, (acostumbradas a unas vidas monótonas y convencionales) la intensidad con la que vivieron estos hombres y mujeres: guerras, violencia, matrimonios, nuevas culturas, enfermedades, desconfianza mutua, sexo... Sobrecoge y emociona pensar que todos estos protagonistas —grandes Tlatoanis, princesas y conquistadores, procedentes del páramo castellano— se vieron rodeados de una nueva realidad de exuberante vegetación y exóticas noches de bodas entre hombres y mujeres que ni siquiera entendían una sola palabra de lo que les podría decir su reciente esposo. ¿Qué pensarían aquellas mujeres mientras miraban a los ojos de aquellos barbudos —vistos como dioses por los indígenas— mientras consumaban el amor nupcial después de que los conquistadores tal vez hubieran matado a sus padres o hermanos, algunos días antes, en el campo de batalla? No es que nos resulte difícil juzgar aquel tiempo, es que nos está vedado ni siquiera imaginarlo desde nuestros pequeños ojos modernos: un mundo tan complejo, tan cruel y exuberante, tan antiguo y a la vez tan moderno, pero sobre todo tan trascendental y titánico que no parece ni humano.
Los tlaxcaltecas fueron uno de los principales contingentes que lucharon junto con Hernán Cortés en el asedio de Tenochtitlan, fueron su principal apoyo en la huida castellana en la noche triste y dieron cobijo en su tierra a los cuatrocientos españoles malheridos y desmoralizados que sobrevivieron a la fatídica noche del 30 de junio de 1520. Y en este punto hay que hacer un alto en el relato para coger una cierta perspectiva que nos permita valorar la grandeza y lealtad de los tlaxcaltecas con respecto a su proceder con sus nuevos aliados extranjeros.
Aquellos caciques indios dieron cobijo a las mermadas tropas castellanas pese a ver cómo los españoles huían derrotados de Tenochtitlan en la noche triste y teniendo fresco en su memoria el episodio de la amputación de las manos de los cincuenta emisarios (sucedido apenas ocho meses antes). Resulta sorprendente, más bien admirable, que los tlaxcaltecas no acabasen con la vida de los cuatrocientos castellanos, muchos de ellos heridos y exhaustos, que tenían acogidos en su tierra tras su precipitado y malogrado abandono de la capital mexica.
Hubiera sido tan fácil para los aliados indios pasar a cuchillo todo el grupo de castellanos en aquel momento, unos advenedizos recién llegados a sus tierras, que resulta increíble que no lo hicieran. En aquel contexto de guerras, traiciones y crueldades sorprende que los tlaxcaltecas, teniéndolos en su propia casa y a su total merced, no acabaran con la expedición cortesiana que, por otra parte, acababa de demostrarles su incapacidad para acabar con el imperio mexica. En caso de haberse producido esa matanza, sin lugar a duda, hubiera cambiado completamente el relato de la historia de México y seguramente, el desarrollo posterior de toda la América Española.
Sea como fuere, los tlaxcaltecas, fieles a sus aliados castellanos, no solo no acabaron con la vida de sus huéspedes, sino que, por el contrario, les cuidaron durante su recuperación y les protegieron de posibles ataques durante ese periodo tan vulnerable. No solo eso, les ayudaron también a construir doce bergantines, que estaban listos para marzo de 1521, los transportaron por tierra hasta la laguna, itiaron de nuevo junto con los españoles la ciudad de Tenochtitlan y terminaron venciendo a sus encarnecidos enemigos aztecas.
Tras la entrada de los sitiadores en la capital de la Triple Alianza se desató una auténtica sangría, una cruel y esperada venganza, protagonizada por los indios de Tlaxcala, Texcoco, Xochimilco, Cholula y otras ciudades que habían sido cruelmente dominadas por los mexicas. No somos capaces de imaginar el odio que sentirían estos pueblos indígenas aliados de los castellanos hacia los arrogantes aztecas como para unirse masivamente a un puñado de recién llegados, manteniéndolos vivos cuando fueron derrotados en la noche triste y apoyándolos en su reintento, esta vez victorioso, de conquista de Tenochtitlan.
Los trabajos que se tomaron las naciones enemigas y/o tributarias de la Triple Alianza para destruir este Imperio no dice mucho a favor de la visión idílica que algunos quieren mostrar de la Mesoamérica precortesiana. Unos pueblos, en ocasiones pertenecientes al mismo tronco étnico-lingüístico náhuatl de los mexicas, que no dudaron en apoyar a la primera remesa de famélicos aventureros que pasaron por allí con cuatro caballos y unos rudimentarios cañones más parecidos a fuegos artificiales que a verdaderas armas de destrucción masiva. Estas alianzas hispano-indias, absolutamente contra natura, nos deben hacer reflexionar sobre la pavorosa y desesperada situación que vivían los pueblos sometidos a los aztecas. La realidad, las maniobras y traiciones de los vecinos de los mexicas contradicen la armoniosa arcadia prehispánica que algunos historiadores y políticos —de manera claramente interesada— nos quieren vender.
Volviendo a la alianza tlaxcalo-hispana, la comunión de intereses entre ambas naciones no terminó con la caída de los aztecas y la liberación de los pueblos sometidos a este imperio. Estos guerreros, incorporados a las huestes castellanas (en realidad formando el núcleo más numeroso de ellas) y capitaneados por Pedro de Alvarado, casado con la princesa tlaxcalteca Tecuelhuetzin Xicohténcatl, participaron en la mayoría de las posteriores gestas españolas. Alvarado, su mujer y las feroces tropas indígenas tomaron parte en las expediciones a El Salvador, Honduras y Guatemala, donde Tecuelhuetzin, bautizada tras su boda como María Luisa, falleció en 1537 siendo enterrada en la Catedral de la ciudad de Antigua Guatemala, como correspondía a su posición y nobleza.
Los tlaxcaltecas participaron también en la colonización del norte de México, fundando infinidad de ciudades, algunas de ellas con nombres que recuerdan su solar de origen, como Nueva Tlaxcala de Quiahuixtlan o San Esteban de la Nueva Tlaxcala (hoy incorporada a Saltillo en Coahuila). Tal debió ser la confianza mutua entre ambas naciones que los españoles dejaron en manos de los tlaxcaltecas zonas estratégicas como la rica y minera San Luis Potosí, donde se asentaron cuatrocientas familias tlaxcaltecas según capitulaciones firmadas por el virrey en marzo de 1591.
Estos nuevos pobladores, merced a los servicios prestados por sus ancestros a la corona española, recibieron la condición de hidalgos, la exención de impuestos y trabajos personales y el privilegio de llevar armas y andar a caballo.
A diferencia de los actuales españoles, que hemos olvidado estos leales aliados, cabe decir que la Monarquía Hispánica sí estuvo a la altura de las circunstancias. Carlos I los trató como primos en 1537, su capital recibió el título de "Insigne, Muy Noble y Muy Leal", mantuvieron sus instituciones propias y fueron sede del primer obispado mexicano en 1526. En el denominado Lienzo de Tlaxcala, este belicoso pueblo se muestra a sí mismo como vencedor en el proceso de la conquista, orgulloso de su victoria contra los aztecas y satisfecho del resto de las hazañas que protagonizó al lado de los españoles, más allá de sus propias fronteras. De hecho, acompañaron a Alvarado en la segunda colosal hazaña realizada por los castellanos, la conquista del Perú en 1534, y llegaron a las islas Filipinas acompañando al guipuzcoano Miguel López de Legazpi. Fueron tlaxcaltecas gran parte de los miembros de la reducida flota que, en 1582, capitaneados por Juan Pablo de Carrión, venció a una escuadra de piratas samuráis japoneses en las lejanas aguas del Mar de la China Meridional y la desembocadura del río Cagayán en la isla de Luzón.
Los lazos de los tlaxcaltecas con España no son exclusivos del pasado. Hoy en día siguen llevando por bandera ser la cuna del mestizaje y muestran con orgullo sus dos pasados, indígena y español.
Mantienen los emblemas y escudos otorgados por Carlos I, su himno habla de la unión de ambos universos en frases como "¡Tú fundiste el acero y el plumaje!". Cuentan además en su territorio con más de treinta ganaderías de reses bravas —pocas cosas hay más españolas que los toros— y, pese a ser el estado más pequeño de México, tiene en su territorio catorce plazas de todos, algunas de ellas como la denominada Jorge Aguilar, el ruedo más antiguo que continúa en uso en América, inmensamente más bella que muchos cosos de la península ibérica.
Tienen además un volcán, protegido como parque natural, dedicado a La Malinche, tributando honores a un personaje tan denostado en el México postvirreinal. En este sentido, las autoridades culturales del Estado de Tlaxcala conmemoraron en el pasado año 2019 la llegada de los españoles al área mesoamericana, destacando la unión y el mestizaje que este encuentro produjo. Por el contrario, las autoridades españolas, por complejo o, lo que es aún peor, por ignorancia o dejadez, no han conmemorado esta crucial fecha para el orbe hispano. Resulta emocionante descubrir en las redes sociales y en infinidad de textos académicos cómo muchos de los actuales ciudadanos del estado de Tlaxcala siguen defendiendo mayoritariamente su glorioso pasado junto con los españoles
—500 años después, eso sí es lealtad a un aliado— sin que desde la ingrata España les hayamos dedicado un solo homenaje ni un triste monumento en nuestras calles. Esta sincera adhesión a su pasado hispano, a una parte fundamental de sí mismos, en definitiva, a la mitad de la sangre que corre por sus venas —junto con la indígena— les ha valido, tras la independencia mexicana, el horrendo calificativo de traidores, puesto en boca de sus propios compatriotas. Esta inmerecida fama de desleales a su nación, fruto de su apoyo inicial a los conquistadores y de la pertinaz defensa de su identidad dual india-española, debe ser combatida por la historiografía moderna para cerrar una más de las heridas en el alma mexicana.


Los tlaxcaltecas ni fueron los primeros, ni fueron los únicos, ni fueron los últimos (les seguirían muchos más) de los pueblos originarios americanos en aliarse con los españoles. ¿Qué hubiéramos hecho nosotros de haber formado parte de una nación acorralada y hostigada constantemente por las fuerzas del Imperio Azteca?
Qué injusto destino para los descendientes de unos bravos hombres y mujeres que lucharon y amaron, mezclaron para siempre su sangre y fueron el origen de una nueva nación. Qué triste pago a cambio de esta generosa entrega recibir el olvido de sus aliados españoles y el calificativo de infieles por parte de sus propios hermanos mexicanos.
El reciente proceso de revisión que se ha abierto a ambos lados del Atlántico sobre el papel de los españoles en América, desmontando los falsos mitos creados por la leyenda negra, debe tratar también de restituir el honor de los tlaxcaltecas. Basta con buscar la verdad de los hechos y contextualizar objetivamente la situación previa a la llegada de Hernán Cortés a Mesoamérica para que los tlaxcaltecas sean reconocidos por la historiografía actual como lo que fueron: un pueblo de fieros guerreros, orgullosos mestizos y leales aliados. Esta restitución en el lugar que os corresponde os la debe España, sacándoos del olvido y agradeciéndoos vuestra lealtad, y os la debe la República Mexicana entera, reconociéndoos y honrándoos como lo que sois, los primeros fundadores del verdadero México.
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