Hace pocos días vivimos inmersos en uno de los grandes acontecimientos deportivos del planeta: la Copa del Mundo de fútbol. Un evento que no solo moviliza a los países participantes, sino también a millones de personas de todos los rincones del mundo que, durante unas semanas, comparten una misma pasión: el fútbol.
Este Mundial ha llegado, además, con importantes novedades tanto en lo deportivo como en lo organizativo. Por primera vez, se ha disputado en tres países distintos y ha contado con un mayor número de selecciones participantes, ofreciendo una oportunidad histórica a naciones que jamás imaginaron alcanzar una fase final de esta magnitud.
Durante estas semanas hemos visto calles, balcones y comercios adornados con la bandera nacional, así como plazas repletas de personas muy diferentes entre sí celebrando cada gol en abrazos colectivos. No importaba el voto, la procedencia, la edad o la clase social. Durante noventa minutos, España dejaba a un lado sus diferencias para convertirse en un solo país.
Y esa es, precisamente, la grandeza del deporte: su capacidad para recordarnos que siempre puede existir algo que nos una. Esta selección ha sido, además, un fiel reflejo de la sociedad española actual: diversa, multicultural y plural, pero capaz de sentirse parte de un mismo proyecto común. Bajo la rojigualda, todos somos españoles por igual.
Sin embargo, una parte de la llamada vieja izquierda española ha vuelto a demostrar su dificultad para reconciliarse plenamente con los símbolos y colores nacionales. En lugar de asumir con naturalidad la bandera que representa a todos los españoles, algunos han preferido exhibir camisetas con los colores de la República, trasladando al ámbito deportivo una batalla ideológica que el fútbol, por fortuna, había sabido aparcar.
No se trata de negar el derecho individual de cada persona a defender sus ideales políticos, faltaría más. España es una democracia y la libertad de expresión es un pilar fundamental. Pero la rojigualda es el símbolo de todos los españoles, también de quienes no se sienten identificados con determinadas posiciones políticas. Y es precisamente ahí donde reside la posibilidad de construir un espacio común, lejos de la espiral de polarización, enfrentamiento y división que hoy domina la política de nuestro país.
España necesita reencontrarse consigo misma. Necesita recuperar la capacidad de reconocerse en aquello que comparte, en lugar de buscar constantemente lo que la separa. El Mundial nos ha demostrado que, cuando existe un objetivo común, los ciudadanos son capaces de dejar a un lado sus diferencias y caminar juntos.
Ojalá el espíritu de unidad vivido durante este Mundial no se quede solo en los estadios ni en las celebraciones deportivas. Ojalá sea el punto de inflexión que necesita la política española para aprender a gobernar desde lo común, pensando en todos los ciudadanos y no en las trincheras ideológicas.
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