¿ Es usted conformista?

Conozco a brillantes conformistas. Escriben libros, dan conferencias, son premiados, agasajados como embajadores de la inteligencia, y tenidos por modelos por otros conformistas.
Opinión04/10/2026RedacciónRedacción

Inconformista

Por Patrocinio Navarro Valero

En estos tiempos en que puede ocurrir cualquier cosa, desde un adelanto electoral, a una represión al movimiento ciudadano en toda España  y con la convocatoria de una posible huelga general, cada uno de nosotros se ve interrogado por su conciencia cuando ve a los jóvenes reclamando su derecho a vivir con techo, trabajo y dignidad mientras en el Parlamento se vota contra esos derechos. Así que tiene validez la pregunta: ¿Es usted conformista? 

Porque si se es indiferente al mal ajeno que denuncian nuestros semejantes en todo del país, o si es  conformista en estos momentos puede ser que eso sea un grave asunto para  consultarle a su conciencia. Y aunque la pregunta parezca fácil de ser contestada, no se deje engañar por una apresurada respuesta. Puede ser un obrero conformista, aunque reclame al patrono lo que le debe según las leyes, porque lo que le debe siempre es más de lo que dice el contrato. (¿O es que acaso  le paga esas horas extras que siempre le debe, o la plusvalía que  usted produce con su trabajo?). 

Puede ser un funcionario conformista aunque cumpla estrictamente con el Reglamento (y eso mismo delata su conformismo), puede ser un intelectual conformista, no por las cosas que dice, sino por las cosas  que calla. (Léase la prensa virtual o la de papel). O puede ser un soldado conformista, algo por otra parte  inseparable de su profesión porque aquí se entra con esa condición  previa.

Conozco a brillantes conformistas. Escriben libros, dan conferencias, son premiados, agasajados como embajadores de la inteligencia, y tenidos por modelos por otros conformistas. Y los hay en todos los campos. Obsérvelos. Estamos rodeados por sus presencias en las pantallas, podemos leer lo que dicen en los libros de texto, ver expuestos sus retratos en los escaparates de las librerías y leer  en  algún medio recomendaciones sobre su valía. Algunos son poco conocidos, pero se promocionan para que lo puedan ser cuanto antes, porque este tipo de gente hace mucho bien a la cultura de un país. ¿ Será verdad eso? ¿ A la cultura, o a quienes la manejan para que sea rentable para el bolsillo o los intereses políticos o religiosos de quien puede manejar ese mundo? 

El caso es que el conformismo tenga vigencia eterna a ser posible, y la  actitud  del conformista ser siempre la misma: carecer de interés por ahondar hasta las últimas consecuencias en aquello que forma parte de su cometido, porque esencialmente el conformista es miedoso, y su miedo le impide “meterse donde nadie le llama” con tal de no tener sobresaltos. Un sobresalto supone una incomodidad, un malestar, y el conformista necesita sentirse cómodo, pisando seguro, cumpliendo lo que se le dice y actuando como tiene que actuar. Hace esto porque espera una recompensa de algún tipo, aunque sea en forma de reconocimiento. La falta de aprobación de su trabajo equivale para él a un aviso de peligro: su prestigio, su buen nombre,  o su bolsillo, pueden verse comprometidos.

Para  conjurar el peligro no esperemos de él opinión alguna contraria al sistema en el que esté involucrado. La sumisión y la capacidad creativa no forman parte de sus virtudes, por eso, los conformistas  no pueden ser artistas, ni revolucionarios, ni místicos, ni producir algo nuevo. Todo lo contrario: estas palabras encienden  en su interior todas las alarmas y le producen pánicos inconfesados que disfrazan de indiferencia.

 El conformista no produce: reproduce. No actúa, es actuado. No crea: transmite lo aceptado. No vive, es vivido. Es una forma como otra de no estar en el mundo, de estar muerto.

Pero no nos dejemos llevar por la simplicidad. Los conformistas pueden ser técnicamente correctos. Pueden pintar cuadros que la gente admire; libros de éxito, artículos que la gente valore y decir cosas que la gente tenga por sabias. Cumplir todos los reglamentos con pulcritud de relojero. Los muy  famosos hasta  pueden tener estatuas cagadas por las palomas en el parque público. Es una merecida recompensa a los conformistas destacados, el premio de sus imitadores menores y admiradores entusiastas.  Se lo merecen por buenos chicos. Chicos, y no chicas, pues las mujeres conformistas no llegan a tener ni estatuas. Cosas del viejo machismo dominante.

Nuestras sociedades occidentales están llenas de conformistas. Ocupan  cargos de relieve en todos los terrenos, y en todos ellos saben rodearse de colaboradores adecuados .O sea: fieles, brillantes- con suerte-  y tan mediocres como ellos. Se encargan de transmitir al público desde el sector social al que sirven (política, economía, prensa, educación, cultura, etc.) todas aquellas cosas en las que las gentes   debemos ocuparnos en  pensar, y eluden, como es natural, plantear las que podrían producirles a ellos algún tipo de inquietud, o cualquier enfrentamiento con lo aceptado por la mayoría, que son la multiplicación de ellos mismos por todos los códigos de las buenas conductas. Llevados de ese celo por el sueño sin sueños, siempre optan por dirigir nuestras inquietudes hacia terrenos neutros y vacíos. Ellos nunca plantean las suyas, si es que llegan a comprenderlas. Y la gente a la que van dirigidos sus mensajes, que son las inmensas mayorías, como es natural, pican el anzuelo y piensan, escriben, debaten, hacen sobre todo eso que se les propone pensar, escribir , hacer o debatir,  ignorando que se les propone con objeto de evitar, como lo hacen ellos, aquello de  lo que merezca la pena ocuparse verdaderamente.

Y cuando alguien ajeno a este juego de sonámbulos  levanta su  voz  disidente por alguno de los muchos foros de este mundo, enseguida es calificado  de extremista, terrorista, antisistema, etarra aunque no exista la ETA, y otros adjetivos que enseguida encuentran la aceptación de los abducidos por el conformismo.

 Pocos de los que escuchan a los salidos  del redil son capaces de cuestionarse si tras las cortinas del conformismo no se ocultan hermosos paisajes por explorar. Esta sería la juventud del corazón, la promesa de otra humanidad posible regida por la conciencia libre de miedos y de componendas mundanas, la senda que conduce al interior de sí mismo sin que eso impida dar la mano a un semejante.  El resto es  la enfermedad senil de las mentes improductivas que necesita el Sistema para reproducirse:  el desierto mental de las conciencias dormidas.

En estos tiempos en que puede ocurrir cualquier cosa, desde un adelanto electoral, a una represión al movimiento ciudadano en toda España  y con la convocatoria de una posible huelga general, cada uno de nosotros se ve interrogado por su conciencia cuando ve a los jóvenes reclamando su derecho a vivir con techo, trabajo y dignidad mientras en el Parlamento se vota contra esos derechos. Así que tiene validez la pregunta: ¿Es usted conformista? 

Porque si se es indiferente al mal ajeno que denuncian nuestros semejantes en todo del país, o si es  conformista en estos momentos puede ser que eso sea un grave asunto para  consultarle a su conciencia. Y aunque la pregunta parezca fácil de ser contestada, no se deje engañar por una apresurada respuesta. Puede ser un obrero conformista, aunque reclame al patrono lo que le debe según las leyes, porque lo que le debe siempre es más de lo que dice el contrato. (¿O es que acaso  le paga esas horas extras que siempre le debe, o la plusvalía que  usted produce con su trabajo?). 

Puede ser un funcionario conformista aunque cumpla estrictamente con el Reglamento (y eso mismo delata su conformismo), puede ser un intelectual conformista, no por las cosas que dice, sino por las cosas  que calla. (Léase la prensa virtual o la de papel). O puede ser un soldado conformista, algo por otra parte  inseparable de su profesión porque aquí se entra con esa condición  previa.

Conozco a brillantes conformistas. Escriben libros, dan conferencias, son premiados, agasajados como embajadores de la inteligencia, y tenidos por modelos por otros conformistas. Y los hay en todos los campos. Obsérvelos. Estamos rodeados por sus presencias en las pantallas, podemos leer lo que dicen en los libros de texto, ver expuestos sus retratos en los escaparates de las librerías y leer  en  algún medio recomendaciones sobre su valía. Algunos son poco conocidos, pero se promocionan para que lo puedan ser cuanto antes, porque este tipo de gente hace mucho bien a la cultura de un país. ¿ Será verdad eso? ¿ A la cultura, o a quienes la manejan para que sea rentable para el bolsillo o los intereses políticos o religiosos de quien puede manejar ese mundo? 

El caso es que el conformismo tenga vigencia eterna a ser posible, y la  actitud  del conformista ser siempre la misma: carecer de interés por ahondar hasta las últimas consecuencias en aquello que forma parte de su cometido, porque esencialmente el conformista es miedoso, y su miedo le impide “meterse donde nadie le llama” con tal de no tener sobresaltos. Un sobresalto supone una incomodidad, un malestar, y el conformista necesita sentirse cómodo, pisando seguro, cumpliendo lo que se le dice y actuando como tiene que actuar. Hace esto porque espera una recompensa de algún tipo, aunque sea en forma de reconocimiento. La falta de aprobación de su trabajo equivale para él a un aviso de peligro: su prestigio, su buen nombre,  o su bolsillo, pueden verse comprometidos.

Para  conjurar el peligro no esperemos de él opinión alguna contraria al sistema en el que esté involucrado. La sumisión y la capacidad creativa no forman parte de sus virtudes, por eso, los conformistas  no pueden ser artistas, ni revolucionarios, ni místicos, ni producir algo nuevo. Todo lo contrario: estas palabras encienden  en su interior todas las alarmas y le producen pánicos inconfesados que disfrazan de indiferencia.

 El conformista no produce: reproduce. No actúa, es actuado. No crea: transmite lo aceptado. No vive, es vivido. Es una forma como otra de no estar en el mundo, de estar muerto.

Pero no nos dejemos llevar por la simplicidad. Los conformistas pueden ser técnicamente correctos. Pueden pintar cuadros que la gente admire; libros de éxito, artículos que la gente valore y decir cosas que la gente tenga por sabias. Cumplir todos los reglamentos con pulcritud de relojero. Los muy  famosos hasta  pueden tener estatuas cagadas por las palomas en el parque público. Es una merecida recompensa a los conformistas destacados, el premio de sus imitadores menores y admiradores entusiastas.  Se lo merecen por buenos chicos. Chicos, y no chicas, pues las mujeres conformistas no llegan a tener ni estatuas. Cosas del viejo machismo dominante.

Nuestras sociedades occidentales están llenas de conformistas. Ocupan  cargos de relieve en todos los terrenos, y en todos ellos saben rodearse de colaboradores adecuados .O sea: fieles, brillantes- con suerte-  y tan mediocres como ellos. Se encargan de transmitir al público desde el sector social al que sirven (política, economía, prensa, educación, cultura, etc.) todas aquellas cosas en las que las gentes   debemos ocuparnos en  pensar, y eluden, como es natural, plantear las que podrían producirles a ellos algún tipo de inquietud, o cualquier enfrentamiento con lo aceptado por la mayoría, que son la multiplicación de ellos mismos por todos los códigos de las buenas conductas. Llevados de ese celo por el sueño sin sueños, siempre optan por dirigir nuestras inquietudes hacia terrenos neutros y vacíos. Ellos nunca plantean las suyas, si es que llegan a comprenderlas. Y la gente a la que van dirigidos sus mensajes, que son las inmensas mayorías, como es natural, pican el anzuelo y piensan, escriben, debaten, hacen sobre todo eso que se les propone pensar, escribir , hacer o debatir,  ignorando que se les propone con objeto de evitar, como lo hacen ellos, aquello de  lo que merezca la pena ocuparse verdaderamente.

Y cuando alguien ajeno a este juego de sonámbulos  levanta su  voz  disidente por alguno de los muchos foros de este mundo, enseguida es calificado  de extremista, terrorista, antisistema, etarra aunque no exista la ETA, y otros adjetivos que enseguida encuentran la aceptación de los abducidos por el conformismo.

 Pocos de los que escuchan a los salidos  del redil son capaces de cuestionarse si tras las cortinas del conformismo no se ocultan hermosos paisajes por explorar. Esta sería la juventud del corazón, la promesa de otra humanidad posible regida por la conciencia libre de miedos y de componendas mundanas, la senda que conduce al interior de sí mismo sin que eso impida dar la mano a un semejante.  El resto es  la enfermedad senil de las mentes improductivas que necesita el Sistema para reproducirse:  el desierto mental de las conciencias dormidas.

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