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# El mal de ojo

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Por ***Jesús Lobillo Ríos***

La lucha contra la enfermedad se inicia desde el primer instante de la vida del hombre en donde su falta de conocimientos propicia las creencias en todo tipo de signos sobrenaturales como causa de las enfermedades o posesiones demoníacas que venía a ser lo mismo. El hechicero es médico, sacerdote y mago, y su labor consistía, con ayuda de la magia y la superstición, en expulsar a los demonios o enfermedades del cuerpo humano, lo que determina que lo primero que hay que hacer es identificar al demonio en cuestión, es decir, practicar el arte de la adivinación para lo que existía una amplia gama de métodos.

Las posesiones o enfermedades se apropiaban del individuo en razón de las faltas cometidas, bien como un castigo por acción directa de su dios protector, o por abandono de esta protección que permitía la acción demoníaca, o bien por la magia negra que podía ser utilizada por otras personas capacitadas para ello, como sería el caso del “mal de ojo”.

El mal de ojo se define como “aojar” o efecto que produce una mirada sobre otra persona con ojos llenos de envidia o malas intenciones, que de alguna manera, imposible de demostrar, se anclan en el interior de la víctima produciéndole todo tipo de enfermedades reales. Los poseedores de esta capacidad eran personajes considerados como “gafes” o “cenizos” pero normalmente desconocidos, lo que le daba todo el valor a la prevención que consistía, a priori, en hurtar el cuerpo a las miradas de los demás y, por si acaso, a todo lo exterior.

En el evangelio de Mateo se compara al ojo humano con la “lámpara del cuerpo”, de forma que si éste, está sano, claro o puro, el cuerpo estará lleno de luz, y en caso contrario estará lleno de oscuridad porque, como afirma el propio Jesús en el evangelio de Marcos, lo que contamina o mancha al hombre es lo que sale de dentro de sí mismo en forma de malas intenciones, porque no hay nada exterior que pueda contaminar al hombre, algo ya mencionado en “El libro de los Proverbios”, atribuido al rey Salomón, escrito casi mil años antes de la era cristiana.

Con arreglo a estas ideas, las primeras medidas defensivas contra este mal, se manifestaron en las pinturas observadas en todas las cuevas estudiadas, donde se representa una mano abierta que clama detención, que pasó a la mitología cananea como “la mano de Baal”, un dios absoluto que luego reencontramos como “la mano de Fátima” en la cultura musulmana. Estas medidas representativas no eran suficientes por lo que aún muchos pueblos envuelven completamente al recién nacido para aislarlo de la influencia exterior. Más práctico y más funcional aún, fue llevar incorporada o puesta la protección, lo que dio lugar a la proliferación de todo tipo de amuletos, colgantes, dijes, escapularios, anillos, pulseras, cruces y adornos en general. Otros signos defensivos fueron “la higa” (cerrar el puño sacando el pulgar entre los dedos índice y medio), cruzar los dedos, etc.

Desde antes de la época cristiana Aristóteles sienta las bases de la ciencia moderna que empieza a considerar que somos forma y conciencia, dándole a ésta última una gran preeminencia. Su influencia sobre la filosofía árabe es grande. Avicena, nombre latinizado de Ibn Siná, (Abu Ali al Husayn Abd Alla ibn Siná), médico, filósofo, astrónomo y científico persa (980-1037), fue la principal autoridad que, durante el medievo, sostenía que el alma humana podía afectar a otros cuerpos por medio de la mirada y la imaginación sin el concurso hasta ahora imprescindible de la astrología. Y no fue el único porque Ibn Jaldún (Abu Sayd Abdur Rhaman bin Muhammad bin Khaldun Al Hadrami) famoso historiador, geógrafo, sociólogo, economista, de origen andalusí (1332-1406), no solamente escribió el tratado de filosofía de la historia más estimado de su tiempo, también mantuvo que “los efectos producidos por el mal de ojo proceden del alma de individuos dotados para esta facultad, que al ver un objeto o calidad que le gusta desarrolla una admiración incontrolada que le origina sentimientos de envidia y deseo tan fuertes que son independientes de su voluntad y capaces de producir este mal”.

En España, los diversos tratamientos para atajar “el mal de ojo” recurrieron a la cábala y a la astrología que cultivaba en Toledo, desde el siglo XIII, el rabino Aser ben Yehiel (1250-1327) a donde había llegado huyendo de la persecución alemana, y en donde desarrolló las principales disciplinas esotéricas de la Mishná (conjunto de tradiciones judías), seguido por su discípulo Isaac ben Joseph ben Israel.

En el reino de Aragón, otros cabalistas gozaron así mismo de la protección del rey Martin el Humano que gobernó de 1384 a 1438 tolerando y alentando la existencia en Barcelona de un círculo de cabalistas bizantinos dirigidos por el maestro Husday Crescas (1340-1411) y su discípulo Zaraya Halevi que trataban este mal mediante salmos específicos escritos sobre pergamino que introducían en filacterias o tefilín, pequeños recipientes de cuero negro que colgaban como amuletos alrededor del cuello del afectado.

El primer autor español que escribió con seriedad sobre el “aojamiento” fue Enrique de Villena (1384-1438) que vivió, así mismo, en Aragón bajo el reinado de Martin el Humano, los primeros 28 años de su vida, en los que mantuvo contacto con estos cabalistas catalanes de cuyas enseñanzas empezó a componer su experiencia que tituló “Tratado de la Fascinación” que iba a constar de 90 capítulos que quedaron interrumpidos a la entrada en el reino de Aragón de los Trastamara castellanos por el Compromiso de Caspe (1412), quedando reducido a una carta de once páginas dirigida a su criado y amigo Juan Fernández Válera.

En su carta, Villena afirma que los médicos cristianos no curan el aojamiento porque desechan la enfermedad como cosas de mujeres, y que quienes conocen bien el tema son los médicos judíos que dominan la cábala por la antigüedad de su lengua y que se lo transmitieron a él. Estas prácticas estaban prohibidas a los cristianos.

Entre 1413 y 1414 tuvo lugar la “Disputa de Tortosa” un debate interreligioso promovido por el antipapa Benedicto XIII o Papa Luna, en el que se defendió que la práctica de la cábala era necesaria para curar a estos enfermos, pero desligándola del valor de las palabras y los salmos utilizados, con lo que, unido a la legislación que penaba sus prácticas, terminó por alejar la cábala y los salmos de este menester terapéutico.

Evolutivamente la tradicional vinculación sagrada del quehacer médico fue absorbiendo el oscurantismo que iba quedando en el tratamiento habitual de estos pacientes, y así como de la brujería se fue pasando a la farmacopea, la fitoterapia o herbalismo, la naturopatía, homeopatía, acupuntura, hipnotismo, fisioterapia y la Ciencia Cristiana, fueron asimilados por la Ciencia Médica como ramas o elementos terapéuticos auxiliares pero valiosos.

No obstante la tradicional carga religiosa de culpabilización que posee todo aquello que sale mal en el ejercicio médico, pese a nuestros esfuerzos, nos hace volver siempre la mirada a las ancestrales protecciones añoradas contra males desconocidos. Es el caso de los colores, pues el color azul y verde protege tradicionalmente del mal de ojo, y el rojo estimula el ritmo cardiaco, la presión arterial y la actividad neuronal, razón por la que, en pleno siglo XXI, aquellos desesperados intensivistas neoyorquinos pintaron de color rojo todas las paredes de la Unidad de Cuidados Intensivos en la que trabajaban, en un desesperado intento de evitar el exceso estacional de defunciones.

***Jesús Lobillo Ríos***

Presidente del **[Ateneo Libre de Benalmádena](https://benaltertulias.blogspot.com/)**

**Bibliografía**

Nácar E. y Colunga F. “Sagrada Biblia” B. de A. C. Madrid 1969

Guerra F. “Las medicinas marginales” Alianza Editorial 1976

Martí Ibáñez F. “La epopeya de la Medicina”. Nueva York 1962

Shem S. “Monte Miseria”. Anagrama 2000.

Villalba M. “Cábala y aojamiento”. 2025.

Sinoué G. “La ruta de Isfahán”. Ediciones B. 1994

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