

Miles de personas se manifestaron este 27 de junio, se vuelve a evidenciar el hartazgo ciudadano ante unos precios inasumibles y una gestión política incapaz de frenar la especulación que asfixia a Málaga
La manifestación celebrada este 27 de junio en Málaga ha vuelto a poner en el centro del debate público un problema que atraviesa la ciudad de arriba abajo: la vivienda se ha convertido en el principal factor de desigualdad, expulsión social y deterioro urbano. Miles de personas —familias, jóvenes, mayores, colectivos vecinales y plataformas por el derecho a la vivienda— han recorrido el centro histórico denunciando una situación que consideran ya insostenible y señalando la incapacidad de las administraciones para frenar una crisis que afecta a todos los barrios.




Una ciudad que ya no puede sostener sus propios precios
Málaga vive desde hace años una transformación acelerada: crecimiento demográfico, auge turístico, llegada de empresas tecnológicas y un mercado inmobiliario convertido en terreno de especulación. Pero el modelo, lejos de generar prosperidad compartida, ha derivado en un escenario donde los salarios locales no alcanzan ni de lejos los precios del alquiler y la compra.
Los manifestantes han recordado que Málaga es hoy una de las ciudades con mayor tensión residencial de España, con barrios donde el alquiler ha subido más de un 30 % en apenas tres años y donde encontrar una vivienda por debajo de 900 euros es prácticamente imposible. “La ciudad se está vaciando de malagueños”, repetían varias pancartas.
La manifestación de este 27 de junio en Málaga ha estado marcada por un lenguaje directo, irónico y profundamente crítico, reflejo del hartazgo ciudadano ante una crisis habitacional que ya no admite matices. Las pancartas, convertidas en termómetro del malestar, han dejado mensajes que sintetizan el conflicto urbano que vive la ciudad.
Entre los lemas más repetidos destacaban dos que se han convertido en auténticos símbolos de la jornada:
“Esto es Málaga, no guirilandia”, una denuncia frontal al modelo turístico que, según los manifestantes, está expulsando a los vecinos de sus barrios.
“Málaga para vivir, no para sobrevivir”, que resume la sensación de precariedad y asfixia económica que atraviesa a miles de familias.
Otros mensajes apuntaban directamente a la necesidad de una respuesta colectiva de mayor alcance:
“Hace falta ya una huelga general, una huelga general hace falta ya”, coreado en varios tramos del recorrido, evidenciando que la protesta por la vivienda se está convirtiendo en un eje de movilización social más amplio.
La creatividad también ha tenido su espacio, con pancartas que mezclaban humor y desesperación:
“Este cartón son los metros cuadrados que me puedo permitir”, sostenida por jóvenes que denunciaban la imposibilidad de emanciparse.
“Venga, que si no pagamos Netflix en 230 años, nos podemos comprar un piso en Málaga”, una crítica sarcástica al abismo entre salarios y precios inmobiliarios.
Además de los miles de vecinos que han llenado las calles, la marcha ha contado con la presencia de representantes de varios partidos políticos, que han querido visibilizar su apoyo —o al menos su preocupación— ante una emergencia habitacional que ya condiciona la vida económica, social y demográfica de la ciudad.



El impacto social: expulsión, precariedad y pérdida de tejido urbano
La protesta ha puesto el foco en las consecuencias humanas de esta crisis:
Jóvenes que no pueden emanciparse, incluso con trabajo estable.
Familias que encadenan mudanzas forzadas por subidas de precio o fin de contrato.
Mayores que pierden su vivienda tras décadas en el mismo barrio.
Trabajadores esenciales —sanitarios, docentes, personal de servicios— que no pueden vivir cerca de su lugar de trabajo.
La ciudad, denuncian los colectivos, está perdiendo su identidad mediterránea y comunitaria, sustituida por un uso intensivo del espacio urbano orientado al turismo y la inversión rápida.


La ineptitud política como eje del malestar ciudadano
Buena parte de la manifestación ha señalado directamente a las administraciones —municipal, autonómica y estatal— por su falta de coordinación, lentitud y ausencia de medidas estructurales. Los participantes han criticado que, pese a los diagnósticos reiterados, no existe un plan integral de vivienda capaz de revertir la situación.
Entre las críticas más repetidas:
Insuficiencia de vivienda pública: Málaga sigue teniendo uno de los parques más bajos del país.
Permisividad con los pisos turísticos: la regulación llega tarde y es insuficiente.
Burocracia urbanística que bloquea nuevos desarrollos asequibles.
Falta de inspección sobre viviendas vacías y usos irregulares.
Desconexión entre discursos y acciones: promesas que no se traducen en políticas reales.
Para los colectivos convocantes, la gestión institucional ha sido “errática, reactiva y claramente insuficiente”, y la protesta de hoy es una señal de que la ciudadanía “ya no está dispuesta a esperar más”.



Un mensaje claro: Málaga necesita un cambio de rumbo
La manifestación concluyó con un llamamiento a un giro profundo en las políticas de vivienda, que incluya:
Planes de vivienda pública a gran escala.
Regulación estricta de los pisos turísticos.
Incentivos y sanciones para movilizar vivienda vacía.
Protección efectiva frente a desahucios.
Urbanismo ágil y orientado a la residencia, no a la especulación.
El mensaje final fue contundente: sin vivienda, no hay ciudad. Y Málaga, dicen los manifestantes, está en un punto de inflexión donde la política debe dejar de mirar hacia otro lado.




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